El adobe que guarda la memoria fotográfica del continente, escondido a la vista de todos en la Quebrada jujeña
Lo fundó un bonaerense que se enamoró de un cerro, sin un solo cartel en la ruta que lo anuncia. Hoy convoca a visitantes de todo el país y forma gratuitamente a jóvenes fotógrafos de las provincias.
El sol pega fuerte sobre la ruta 9 cuando el colectivo dobla en Tilcara y empieza a trepar por la Quebrada de Huichaira, y uno va con el cuello asomado a la ventanilla buscando eso que le dijeron que tenía que descubrir solo, sin señalización, sin un cartel grande que grite "acá está", sin la promesa de una estrella amarilla de Google Maps que a veces se pierde entre los cerros. El Museo Entre los Cerros aparece de golpe, casi como si se hubiera escondido adrede detrás del adobe, y la primera imagen que se lleva uno es la de una casa de barro que parece brotada del mismo suelo colorado que la sostiene, con la luz entrando por las salas como si fuera una visita acordada con el paisaje.
Lo fundó Lucio Boschi, un fotógrafo de 60 años nacido en la provincia de Buenos Aires, después de años de subir y bajar por los cerros del norte siguiendo el rumor del río Huichaira, hasta que un día una formación natural le golpeó en el pecho y decidió comprar el terreno, levantar primero su casa de barro y, años después, transformar ese mismo adobe en el museo que hoy guarda parte de la memoria visual del continente. La elección del material no es decorativa: el adobe deja entrar la luz como la dejaba entrar en las casas de los pueblos originarios y, al mismo tiempo, vuelve invisible al edificio frente al cerro, como si la montaña se lo hubiera tragado y lo devolviera despacio.
Una colección que se armó a fuerza de cartas
La colección permanente reúne obras donadas por nombres pesados de la fotografía argentina y latinoamericana, entre ellos Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, y lo notable es que no se armó con dinero ni con galerías de por medio, sino con cartas enviadas a mano y con la confianza acumulada durante años de trabajo internacional de su fundador. Todos, cuenta Lucio, terminaron diciendo que sí.
Al principio, me cuenta, no llegaba nadie, y esa ausencia fue también una decisión: nunca se colocó un cartel en la ruta ni se pagó un aviso en ningún medio, porque estaba convencido de que el público tenía que encontrarlo por cuenta propia, como uno encuentra una vertiente o una huella en el barro. Los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela de al lado, después se sumaron guías locales, grupos de fotógrafos y, más tarde, curadores y directores de museos internacionales de primer nivel que bajaron del micro con la misma cara de asombro que cualquier turista despistado.
Más que un museo: un lugar donde quedarse
- Biblioteca especializada abierta a la comunidad.
- Talleres y residencias artísticas para fotógrafos de la región.
- Programa gratuito de formación orientado a jóvenes de las provincias.
- Punto de encuentro para vecinos de la Quebrada.
Para visitarlo conviene ir con tiempo, porque las salas tienen bancos para detenerse y un ritmo que invita a caminar despacio, y porque la referencia más práctica sigue siendo el acceso por la ruta 9 desde Tilcara, ya que el GPS puede no estar actualizado en los tramos finales del camino de cerro. Cuando uno se va, ya entrada la tarde, y mira hacia atrás desde la ruta, la construcción de adobe vuelve a mimetizarse con el paisaje, como si el museo entero existiera solo a condición de ser buscado, y uno se queda con la sensación de que en la Argentina todavía quedan lugares que se defienden de los carteles y que, justamente por eso, terminan encontrando a la gente que les hacía falta.
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