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LUN, 14 SEPT 2026
Vida

Franklin lo dijo en una frase y tenía razón: las tres peleas más difíciles son con uno mismo

Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo parecen asuntos menores. Sin embargo, según el fundador estadounidense, definen el autocontrol de cualquier persona.

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Micaela FerreyraSociedad · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Son las ocho de la mañana y la pava empieza a silbar en la cocina. Antes de que el agua corte el hervor, el celular ya vibró tres veces sobre la mesa. Un mensaje del grupo familiar, un recordatorio del trabajo y una noticia que alguien mandó sin pedir opinión. En ese pequeño desorden cotidiano se juega una de las batallas internas más antiguas que existen, una que el estadista y científico Benjamin Franklin condensó en una sola frase hace más de dos siglos.

“Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.”Benjamin Franklin

El secreto: cuando callar también es una forma de respeto

Confesar algo íntimo a un amigo, a un compañero de trabajo o a un familiar exige una confianza que no se compra en ninguna góndola del supermercado. Quien recibe esa confidencia asume un compromiso ético que excede el momento: lo que se dice en voz baja no puede transformarse en tema de sobremesa ni en estado de WhatsApp. La tentación de compartir, sin embargo, siempre está latente. Contar lo que sabemos nos hace sentir protagonistas, parte de un círculo selecto. Por eso callar duele. Pero la discreción, bien entendida, termina protegiendo a quien confió y fortalece la propia reputación como alguien con quien se puede hablar sin riesgos.

Perdonar: soltar la carga, no borrar lo que pasó

Perdonar no significa justificar ni hacer como si nada hubiera ocurrido. La diferencia es clave: el perdón funciona como una herramienta para liberar el peso emocional que el resentimiento deposita sobre los hombros. Cada agravio que se guarda ocupa recursos mentales, distrae la atención y deteriora el sueño. Soltarlo devuelve al menos parte de esa energía. Quien perdona no le hace un favor al otro; se lo hace a sí mismo. La memoria del hecho puede quedar, pero una deuda abierta que condiciona cada nueva interacción.

El tiempo: el único recurso que no se repone

A diferencia del dinero, que se gana y se gasta, las horas de un día no se recuperan. Por eso Franklin las describía como un activo no renovable: lo que se pierde, se pierde para siempre. El problema actual es que industrias enteras compiten por capturar la atención durante el mayor tiempo posible. Estar ocupado todo el día no equivale a haber avanzado; la diferencia la marca la alineación entre los propósitos personales y las decisiones que se toman hora a hora. Un repaso al final de la jornada permite distinguir entre lo urgente y lo importante, entre el ruido y lo que efectivamente construye.

Las tres batallas comparten una raíz común: el autocontrol. No se trata de negar los impulsos naturales, sino de ejercitar la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a ellos. Esa práctica no es un rasgo fijo de personalidad; se entrena, se tropieza y se vuelve a empezar. Mientras la pava termina de enfriar y el celular sigue vibrando sobre la mesa, la elección de qué responder primero, qué dejar para después y qué ignorar por completo ya es, en sí misma, un pequeño ejercicio de Franklin.

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