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VIE, 11 SEPT 2026
Vida

La fatiga que no se va: cuándo el cuerpo lleva el reloj al límite y uno ni se da cuenta

Despertares a las madrugada, olvidos en mitad de una frase y una irritabilidad que aparece sin aviso pueden ser la huella de un estado de alerta que se cronificó. Especialistas consultados y estudios recientes coinciden en que el problema no es la semana pesada, sino la rueda que no para.

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Micaela FerreyraSociedad · 11 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las tres de la mañana y la cocina está en penumbras. Mientras el termo del agua hierve en la hornalla y la pava empieza a silbar con ese chirrido que conoce de memoria, uno se queda mirando la luz del extractor como si fuera lo único en movimiento en toda la casa. El café de la madrugada ya no es un capricho: es el único modo de empezar el día después de otra noche en la que el sueño se cortó sin explicación, mientras la cabeza sigue dándole vueltas a un mail que se mandó hace ocho horas o a un trámite que, en realidad, no tiene tanta urgencia. Esta escena, que parece menor y hasta un poco ridícula vista desde afuera, es la postal cotidiana de miles de personas que conviven con un cansancio que dejó de ser normal hace rato y todavía no lo identifican como lo que es: estrés crónico.

Porque hay una diferencia enorme, y a veces invisible, entre pasar una semana difícil —con un cierre de mes agitado, un examen, una mudanza, una discusión familiar— y vivir en alerta permanente. La segunda situación es más difícil de detectar, justamente, porque la rutina puede seguir en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite. Uno sigue llegando a horario al trabajo, sigue respondiendo mensajes, sigue cumpliendo con lo que tiene que cumplir, aunque por dentro esté funcionando con sueño fragmentado, con una tolerancia cada vez menor a la frustración y con una sensación persistente de que algo no está cerrando, aunque no sepa muy bien qué.

Lo que dicen los organismos internacionales y la evidencia reciente

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos llevan años advirtiendo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. Lo interesante es que estos síntomas no siempre aparecen juntos ni de forma evidente; la mayoría de las veces se presentan dispersos, como piezas sueltas de un rompecabezas que cuesta armar: uno se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase, reacciona con más intensidad de la habitual ante un contratiempo menor o se queda pegado a una pantalla sin poder procesar lo que está leyendo.

Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology, que analizó 45 revisiones y más de 2.000 estudios, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos —especialmente en atención, memoria y funciones ejecutivas— aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. En la misma línea, otro estudio publicado en 2024 en Neurobiology of Stress señaló que la exposición prolongada a este estado de alerta puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Es decir: no es una exageración ni una queja vaga. Hay base científica detrás de lo que mucha gente siente y no sabe cómo nombrar.

“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University

Señales que conviene mirar de cerca

  • Sueño fragmentado: despertares nocturnos sin causa clara, dificultad para volver a dormirse o sensación de no haber descansado aunque se hayan cumplido las horas de cama.
  • Problemas de concentración: perder el hilo de una conversación a mitad de una frase, olvidar lo que se iba a buscar a otra habitación o leer un mail tres veces sin entenderlo.
  • Irritabilidad creciente: reaccionar con una intensidad desmedida ante hechos menores, como un corte de luz, una fila larga o un comentario fuera de lugar de un compañero de trabajo.
  • Fatiga persistente al despertar: levantarse más cansado de lo que uno se acostó, con la sensación de que el cuerpo no se recuperó aunque la jornada haya sido liviana.
  • Dificultad para tomar decisiones: desde elegir qué comer hasta resolver temas del trabajo, cada elección pequeña demanda un esfuerzo desproporcionado.
  • Tensión física sin motivo claro: contracturas en el cuello, dolor de cabeza recurrente, mandíbula apretada o malestar estomacal que aparece sin una causa médica identificada.

En los últimos años empezó a circular, sobre todo en espacios de bienestar y en redes sociales, el concepto de "modo supervivencia", que se usa para describir este estado de alerta sostenido en el que el cuerpo opera como si estuviera en peligro permanente. No es un diagnóstico clínico —no aparece en los manuales de psiquiatría ni reemplaza una consulta profesional—, pero puede servir como una etiqueta útil para ordenar señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes o atérmicas. Lo que importa, en definitiva, no es el nombre con el que se lo bautice, sino el patrón: dormir peor, con despertares nocturnos cada vez más frecuentes, funcionar con una niebla mental que antes no estaba y sentir que la paciencia se agotó sin un motivo concreto que lo explique.

Y acá viene lo más delicado de todo, que es lo que me interesa señalar después de haber charlado con especialistas y de haber repasado la evidencia disponible: la continuidad de la rutina muchas veces actúa como una señal engañosa. Uno sigue yendo a trabajar, sigue cumpliendo con los hijos, sigue pagando las cuentas, sigue contestando el teléfono con un tono amable, y entonces asume que está bien, que lo que siente es una exageración o simplemente producto de la edad. Pero no: el cuerpo lleva un registro paralelo, silencioso, que mucho antes de que uno se siente a reflexionar ya está mandando señales. Reconocerlas a tiempo —y no esperar a estar literalmente al borde del colapso para hacerlo— es lo que marca la diferencia entre una semana pesada y un desgaste que, si se prolonga, empieza a afectar de verdad la salud física y mental. Identificar el patrón a tiempo es, en ese sentido, un acto de cuidado y no de debilidad, y es la mejor forma de evitar que el reloj interno termine marcando una hora que ya no se pueda frenar.

MF

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