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LUN, 07 SEPT 2026
Vida

Dos años y medio después de dormir a la intemperie, Ezequiel Banegas cumple el sueño de abrir La Fonda

Llegó a Neuquén desde Azul sin trabajo ni dónde pasar la noche, sobrevivió con una carpa prestada, se formó en logística y ventas y aprendió a cocinar con dos hornallas. Hoy, a los 36, presenta su propio local de comida en el barrio Mariano Moreno y ya piensa en un bodegón.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 7 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las nueve de la mañana y Ezequiel Banegas ya está parado frente a la puerta de Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno de Neuquén, con las manos todavía algo flojas del trajín de las últimas semanas. Tiene 36 años, una mochila de experiencias que ni él mismo se imaginaba cargar hace apenas dos años y medio y, desde hace unos días, las llaves de un local que todavía huele a pintura fresca. La Fonda, un emprendimiento gastronómico pensado y rehecho durante meses, está a punto de abrir sus puertas al público después de un camino que empezó, literalmente, durmiendo en la calle.

Yo lo miro y todavía me cuesta entender la velocidad con la que pasó todo, le digo mientras él acomoda unas mesas recién compradas en el salón principal. Ezequiel se ríe, se pasa una mano por la cara y me cuenta que la historia arranca en febrero de 2024, cuando tomó la decisión de dejar Azul, en el centro de la provincia de Buenos Aires, y subirse a la ruta sin un plan demasiado firme. "Hice el viaje a dedo, en dos días, con lo puesto. No tenía trabajo ni lugar donde llegar", resume sin dramatismo, como si describiera una etapa ya cerrada de su vida. Las primeras noches en Neuquén las pasó en la calle. Para soportar el frío neuquino, que en esas fechas pega fuerte incluso de madrugada, publicó un pedido en un grupo de Facebook: necesitaba una carpa. Un vecino identificado como Raúl le respondió casi de inmediato y se la llevó hasta donde estaba, junto con una almohada y un acolchado. Esa ayuda, aparentemente pequeña, fue el primer piso de todo lo que vino después.

Un refugio, un empleo estable y la cocina como horizonte

Con la carpa prestada como techo provisorio, Ezequiel empezó a moverse. Poco después consiguió una cama en un refugio de la calle Belgrano al 2500, donde encontró algo más que un lugar para dormir. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", dice, y lo dice mirándome a los ojos, como subrayando que esa contención fue determinante. Fue el primer paso para rearmar una rutina y, sobre todo, una autoestima que el viaje y la calle habían ido mellando.

El primer empleo estable le llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística de la zona. No era soñado, pero era un sueldo fijo y un punto de partida. Después pasó a un corralón en Cipolletti, donde arrancó como vendedor y, en pocas semanas, terminó encabezando el equipo de ventas. "Esa experiencia me dejó herramientas que después usaría para el local", asegura. Yo le pregunto cuáles, porque uno imagina que vender bolsas de arena o materiales de construcción está lejos de despachar hamburguesas, pero él las enumera sin dudar: trato con la gente, manejo de caja, lectura de costos, entender cuándo un cliente vuelve y cuándo no.

Dos hornallas, un horno roto y quinientos clientes

La cocina, mientras tanto, siempre estuvo dando vueltas. En la casa donde se fue instalando había poco y nada: dos hornallas, un horno que no andaba y una heladera chica que zumbaba en la esquina. Con eso, Ezequiel empezó a preparar tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa, el corredor neurálgico de la costanera de Neuquén. Las primeras ventas eran a mano alzada, con conservadora y termo. Cuando la demanda empezó a crecer, sumó pizzas, empanadas y hamburguesas, siempre un producto nuevo por vez, a medida que podía invertir y cubrir los pedidos sin quedar debiendo nada.

Las redes sociales acompañaron ese crecimiento, casi sin querer. "Arranqué con 15 seguidores en Instagram y ahora estoy cerca de los mil. Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce. La cuenta se fue llenando de fotos de milanesas, de pizzas a la piedra y de bandejas bien servidas, y detrás de cada foto había una lista de pedidos que se estiraba. Hoy, calcula, mantiene una base de unos quinientos clientes que le compran de manera habitual, una cifra que suena enorme para alguien que hasta hace poco cocinaba solo y en una mesada estrecha.

Un año ahorrando para abrir La Fonda

La decisión de pasar de la venta ambulante a un local propio no fue impulsiva. Ezequiel cuenta que durante un año entero destinó una parte fija de cada sueldo a un fondo reservado para el emprendimiento. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", dice, y la frase le sale con una mezcla de alivio y de orgullo que se nota en la voz. El lugar lo encontró a metros de su casa, en la esquina de Mitre y Correntoso, dentro del barrio Mariano Moreno. Le puso La Fonda, un nombre corto y cálido, y se abocó a ponerlo en condiciones con las mismas manos que antes cargaban cajas de logística y promociones de corralón.

Qué se va a comer en La Fonda y cómo funcionará

  • Apertura de lunes a domingo, excepto los martes.
  • Horario dividido en dos turnos: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30.
  • Carta inicial con hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos.
  • Proyección a corto plazo de sumar un menú diario al mediodía, con opciones más variadas.

Mientras vamos recorriendo el local, le pregunto qué es lo que más le importa de esta nueva etapa. Ezequiel se detiene un instante, mira la cocina nueva, todavía sin usar, y después vuelve a mirar la puerta de entrada. "Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso", me dice. Lo dice como quien promete, no como quien fantasea, y uno entiende que en su historia las promesas suelen cumplirse antes de lo previsto. Antes de despedirnos, le señalo que la escena de la mañana, con él parado frente a la puerta de La Fonda, es casi la imagen inversa de aquella otra, dos años y medio atrás, en la que estaba sentado en la vereda de una ciudad que todavía no era suya esperando que alguien le alcanzara una carpa. Ezequiel se queda un segundo en silencio, medio sonríe y contesta: "Sí, es otra vida. Y todavía falta". Yo me quedo pensando que a veces, parafraseando a tantos vecinos neuquinos que lo ayudaron sin saberlo, alcanza con una carpa, un empleo y dos hornallas para que una persona termine parada, con llaves en mano, delante de la puerta que siempre quiso abrir.

MF

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