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MAR, 08 SEPT 2026
Vida

Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que le hace al cuerpo cargar con una ofensa por años

Guardar un agravio sin procesarlo no es solo un peso emocional: el organismo lo traduce como una amenaza activa y responde con presión alta, insomnio, inflamación y un cansancio que no se explica por el esfuerzo físico. Una recorrida por lo que la ciencia sabe sobre los efectos físicos del rencor sostenido, con la mirada del psiquiatra Norberto Abdala.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 7 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Lo veo seguido en la consulta y también en la calle, en la mesa de un bar, en una sobremesa familiar: alguien nombra a un ex socio, a un hermano, a un viejo amigo, y la voz cambia. No hay gritos ni golpes, pero algo en el cuerpo se endurece. Los hombros se elevan apenas, la mandíbula se aprieta, los ojos se achican. Esa persona no está contando una anécdota: está reviviendo, en presente, una ofensa que ocurrió hace diez, quince, veinte años. Y el cuerpo, mientras tanto, no registra la distancia en el calendario: registra la amenaza como si todavía estuviera pasando.

La diferencia entre un enojo pasajero y el rencor es justamente esa insistencia. La bronca aparece con fuerza y, si se la deja correr, se disipa; el rencor, en cambio, implica volver una y otra vez sobre el mismo recuerdo, con una carga que no baja con el tiempo. Puede haber nacido en una traición, en una injusticia laboral, en una ruptura amorosa o en un conflicto familiar que nadie se animó a cerrar. Lo concreto es que, cuando se instala por años, deja de ser una emoción para convertirse en un estado. Y los estados, en el cuerpo, se pagan.

El corazón, las hormonas y las defensas, en alerta permanente

El primer efecto visible se registra en el sistema cardiovascular. El rencor sostenido eleva la presión arterial de manera crónica y puede acelerar la frecuencia cardíaca incluso en reposo. El organismo interpreta el recuerdo del agravio como una amenaza activa y dispara los mismos circuitos de alarma que encendería frente a un peligro real. Esa activación repetida, dicen los especialistas, aumenta el riesgo de enfermedad coronaria con el paso de los años.

En paralelo, el costo hormonal es silencioso pero profundo. El cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que el cuerpo necesita. Esa elevación sostenida altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos que, a los cincuenta, ya nadie quiere recibir como sorpresa.

La fatiga que produce el rencor, justamente, no viene de haber corrido una maratón: viene de mantener prendido, durante meses o años, un sistema de alarma que el cuerpo diseñó para durar minutos. Es el desgaste de sostener una respuesta de emergencia sin pausa. Por eso hay personas que duermen ocho horas y se levantan como si no hubieran descansado, o que llegan al fin de semana con un cansancio que no se corresponde con nada de lo que hicieron.

“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

Consultado sobre el tema, Norberto Abdala precisa que no hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica y puntual, pero sí para decir que mantiene activados, de forma sostenida, mecanismos que resultan perjudiciales para el organismo. En ese sentido, su frase resume algo que conviene tener presente: no es que el rencor cause tal o cual patología de manera directa, sino que pone al cuerpo en un modo de funcionamiento que, con el tiempo, desgasta. Abdala es claro cuando dice que "el cuerpo que paga la factura es siempre el propio", y esa imagen me parece precisa: nadie puede sostener una pelea interna indefinidamente sin que algo, en algún lado, empiece a fallar.

Por eso, cuando alguien me cuenta que no puede soltar aquello que le hicieron, suelo pensar menos en el agravio en sí y más en lo que está pasando del cuello para abajo. En la consulta, Abdala suele describir esa tensión como una máquina que queda revolucionada en rojo: no va a explotar en el próximo semáforo, pero tampoco está diseñada para andar así. El cuerpo necesita, en algún momento, bajar la marcha. Y si la mente no lo logra sola, conviene pedir ayuda para hacerlo, antes de que la factura llegue en forma de presión arterial, de insomnio crónico o de un dolor de espalda que ningún estudio encuentra.

Vuelvo a aquella mesa, a aquella persona que nombraba a un ex socio con la voz cambiada. Después de un rato, se acomodó en la silla, se sirvió otro café y dijo, casi como al pasar: "Ya sé que no me conviene seguir así". Es un primer paso, y muchas veces alcanza con que alguien lo nombre en voz alta. Lo que sí sabemos es que la biología no distingue entre una ofensa de hace dos semanas y una de hace veinte años: mientras el rencor siga encendido, el cuerpo se prepara, igual, para una pelea que no va a llegar. Y esa preparación, repetida, tiene un costo. La buena noticia es que ese costo no es una condena: se puede revisar, se puede trabajar, se puede, con tiempo y ayuda, empezar a apagar.

MF

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