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SÁB, 05 SEPT 2026
Vida

Cuando el recreo ya no termina: cómo el acoso escolar se mudó a la pantalla del celular y qué piden los pediatras

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las agresiones que empiezan en el aula ya no se detienen cuando el chico vuelve a casa: se reproducen en grupos de WhatsApp, en redes sociales y hasta en videojuegos durante la madrugada, con consecuencias que van desde trastornos de sueño hasta depresión.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 4 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

La mochila queda apoyada contra la pared de la pieza, el buzo del uniforme todavía puesto, pero el día escolar, en realidad, no terminó. En el grupo de WhatsApp del curso siguen apareciendo mensajes; en una red social se viralizó una foto sacada de contexto; en un chat paralelo se organizan nuevas burlas. El acoso que empezó en el recreo se mudó al celular, se metió en el cuarto y ya no deja horario de tregua. Esa continuidad entre el patio de la escuela y la pantalla es, justamente, lo que empezó a preocupar como nunca a los pediatras argentinos.

Un fenómeno que se volvió inseparable de lo digital

La Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) acaba de publicar un documento en el que describe cómo el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos problemas distintos: hoy funcionan como una misma agresión que cambia de soporte. La entidad aclara que no toda pelea entre compañeros es bullying: para serlo, tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo, que son la intención de causar daño, la repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que deje a la víctima sin manera de defenderse. Puede ser físico, verbal o relacional, y cuando se suma el componente digital, las formas se multiplican.

  • Mensajes de odio y burlas enviadas por WhatsApp o redes sociales.
  • Acecho o seguimiento digital de la víctima.
  • Votaciones para humillar, por ejemplo, para elegir a alguien como el "más feo" del curso.
  • Perfiles falsos y suplantación de identidad.
  • Difusión no consentida de información privada o de imágenes íntimas.
  • Exclusión deliberada de grupos y listas de difusión.
  • Manipulación de fotos, videos o memes para ridiculizar.
  • Edición y difusión de contenidos alterados con herramientas de inteligencia artificial, que pueden alcanzar audiencias enormes y son muy difíciles de borrar.
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP

Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil, le pone nombre al cambio cultural que vivieron las familias en los últimos años: la pantalla dejó de ser un elemento ajeno al aula y se volvió una extensión de la clase, del patio y del grupo de amigos, con la particularidad de que lo que se comparte ahí no desaparece cuando suena el timbre.

El cuerpo también lo sufre y la solución no puede quedar en manos del chico

El documento de la SAP, que reúne el trabajo de ocho comités y subcomisiones, advierte que las consecuencias de vivir bajo esa presión permanente no son sólo emocionales. Cefaleas, dolores abdominales recurrentes, alteraciones del sueño, caída en el rendimiento escolar, ansiedad y depresión forman parte del cuadro que describen los pediatras, junto con el aislamiento social, la baja autoestima y, en los casos más graves, la aparición de conductas autolesivas o ideas suicidas. Por eso la entidad es tajante respecto de un punto: pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema nunca es una opción.

Desde esa mirada, el acoso se entiende como un fenómeno grupal y, por lo tanto, la respuesta también tiene que ser colectiva. La SAP convoca a tres actores principales: las familias, que en la casa tienen que leer las señales, sostener la escucha y acompañar sin invadir; las escuelas, que deben tener protocolos claros para actuar y no minimizar lo que ocurre dentro y fuera del aula; y los equipos de salud, que están en condiciones de detectar los primeros indicios y derivar a tiempo. A esos tres actores se suma, también, a los propios compañeros que presencian la agresión, que suelen quedar en silencio por miedo o por la idea errónea de que no es asunto suyo.

Mientras tanto, en la pieza donde quedó apoyada la mochila, el celular vuelve a encenderse con un sonido que se parece demasiado al de la última foto que se viralizó en el grupo. Para los pediatras, cortar ese círculo empieza por entender que el acoso ya no termina cuando se cierra la puerta de la escuela, y que proteger a un chico en el siglo XXI exige, también, protegerlo en la pantalla donde ahora pasa la mayor parte de su tiempo.

MF

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