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JUE, 17 SEPT 2026
Vida

Cuando el mensaje de WhatsApp se vuelve un juicio: por qué leemos dramas donde tal vez no los hay

Karina Carreño y Marina Mammoliti, dos psicólogas que trabajan con parejas, repasan en diálogo con este portal los mecanismos por los que una respuesta corta o una demora se transforman en motivo de pelea, y comparten las herramientas concretas para salir de ese loop sin inventar lo que la otra persona todavía no dijo.

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Micaela FerreyraSociedad · 17 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las nueve de la noche y el teléfono de la mesa de luz vibra con una respuesta escueta. Un "ok" seco, un emoji sin contexto, una demora de cuarenta minutos que en otro momento no habría registrado. En algún lugar de la cabeza empieza a tejerse una historia: está enojada, me está mintiendo, ya no le importo. Antes de escribir la réplica, el Living se llena de conjeturas que, si uno las mirara desde afuera, parecerían exageradas. Pero adentro duelen. Y eso es lo que Karina Carreño y Marina Mammoliti, dos psicólogas que se dedican a atender parejas en Buenos Aires, intentan desarmar todos los días en sus consultorios: la arquitectura invisible de la sobreinterpretación, ese mecanismo por el cual un mensaje se convierte en prueba de algo que todavía no ocurrió.

La primera distinción que propone Carreño, neuropsicóloga, es casi un ejercicio de manual: separar lo que efectivamente pasó de lo que nosotros decidimos que significa. Que la pareja haya contestado con pocas palabras es un dato verificable; que esté molesta, en cambio, es una lectura que hacemos nosotros. "Una respuesta breve no es lo mismo que una intención hostil", resume la especialista, y esa diferencia parece obvia hasta que uno se sienta frente al celular con el estómago apretado y la tentación de mandar un par de mensajes inquisitivos.

La pantalla no entrega lo que el cerebro quiere

La comunicación por chat, según coinciden ambas profesionales, tiene un problema de fábrica: nos muestra palabras, pero nos oculta el tono, los gestos, la cara. El cerebro, hambriento de información, intenta completar lo que falta con material propio: experiencias pasadas, experiencias previas, inseguridades que arrastramos de relaciones anteriores. Ahí es donde la demora en una respuesta se conecta automáticamente con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento real que sostenga esa conclusión.

“Cuando el cerebro no tiene datos sobre lo que siente la otra persona, los Antiguana, los anticipa. Y para anticipar recurre a nuestros miedos más viejos.”Karina Carreño

Mammoliti, psicóloga clínica, pone el foco en otro costado del mismo fenómeno: lo que la respuesta del otro despierta en nosotros. Antes de descifrar qué quiso decir mi pareja con ese "ahora no puedo", sugiere preguntarse qué me pasa a mí con ese "ahora no puedo". Esa incomodidad, dice, suele hablar más de nuestra propia historia emocional que de la situación presente. Una necesidad genuina de estar a solas puede leerse como indiferencia si hay miedo al abandono de fondo; una baja autoestima puede convertir cualquier mensaje neutro en una señal de rechazo.

  • Distinguir el hecho de la interpretación: registrar qué pasó objetivamente antes de decidir qué significa.
  • Identificar la emoción propia: prestar atención a lo que el mensaje despierta en uno, en lugar de intentar adivinar lo que siente el otro.
  • Preguntar de manera directa: pedir una aclaración concreta, sin acumular suposiciones ni disparar reproches.
  • Tolerar la incertidumbre: aceptar que no siempre habrá una respuesta inmediata y que eso no equivale a un desinterés.
  • Volver a los hechos: cuando la discusión empieza a girar sobre lo imaginado, regresar a lo verificable y abrir el diálogo desde ahí.

El desgaste, según describe Carreño, aparece cuando esas conjeturas empiezan a dirigir la conversación. Se producen discusiones por situaciones que nunca ocurrieron y pedidos reiterados de seguridad que terminan minando la confianza de los dos. Mammoliti coincide en que el problema deja de ser el mensaje y pasa a ser la búsqueda compulsiva de confirmaciones, el intento de controlar al otro para calmar la propia ansiedad. El circuito, dicen las dos, se retroalimenta: cuanto más se interpreta, más se pregunta, más se presiona, más se aleja.

La herramienta más simple y la más difícil

En el consultorio, la indicación más recurrente y al mismo tiempo la más resistida es la más simple: preguntar. "La comunicación directa permite obtener información que el análisis de una pantalla no ofrece", apunta Carreño, y Mammoliti suma que hacerlo antes de que la emoción se enquiste es clave. No como un interrogatorio ni como un reproche disfrazado, sino como una apertura genuina: "me quedó una duda", "lo que escribiste me hizo sentir tal cosa". A veces la respuesta es que estaba apurada. A veces, efectivamente, hay algo que hablar. Pero la respuesta, justamente, no se encuentra en el teléfono: se construye en una conversación.

Vuelvo a la escena del principio, esa mesa de luz, ese "ok" seco, ese estómago apretado. La próxima vez que aparezca, las dos especialistas sugieren hacer una pausa antes de responder, identificar qué emoción está tirando del hilo, y resistir la tentación de completar la historia solos. El mensaje seguirá siendo el mismo; lo que cambie será la decisión de no regalarle al otro una pelea que solo vive en nuestra cabeza. A veces alcanza con preguntar. Otras veces alcanza con esperar un poco. Pero casi siempre alcanza con dejar de creer que ya sabemos todo lo que el otro siente.

MF

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