Cuando decir "no" es un acto de amor: por qué los límites estructuran a los chicos desde la cuna
Especialistas en crianza coinciden en que la ausencia de normas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración. La clave, dicen, no está en gritar más fuerte sino en sostener la palabra con afecto y sin violencia. Una guía para entender la diferencia entre autoridad y autoritarismo, y por qué negociar todo termina confundiendo a los más chicos.
Son las siete de la tarde y en la cocina de una casa de Adrogué todavía queda el aroma del té con leche que alguien dejó a medias en la mesa. Sobre la mesada, un vaso de plástico verde -de esos que sobreviven a todas las caídas- espera junto a una pila de cuadernos escolares a medio abrir. La madre, parada frente a la bacha, le pide por tercera vez a su hija de cinco años que se saque el delantal del jardín. La nena frunce el ceño, cruza los brazos y empieza un repliegue que la mayoría de los adultos reconocen al vuelo: el berrinche. La escena, que se repite en miles de hogares del conurbano bonaerense, abre una pregunta que desvela a familias enteras: ¿dónde termina el diálogo y empieza la firmeza? Porque, como coinciden especialistas consultados, criar sin límites no es criar con más libertad: es, muchas veces, dejar a los chicos a la deriva en un mundo que les va a poner freno igual, aunque sin la contención de un adulto que los acompaña.
Cada vez más familias argentinas -sobre todo en los grandes centros urbanos- apuestan por reemplazar las órdenes secas y los castigos memorables por conversaciones largas, explicaciones pacientes y acuerdos sobre la marcha. El problema, advierten las profesionales, aparece cuando ese ida y vuelta se transforma en una negociación permanente en la que el adulto termina cediendo solo para evitar el conflicto. Y ahí, dicen, se pierde algo mucho más importante que una pulseada cotidiana: se pierde la referencia.
La voz de las especialistas: cuando el diálogo no alcanza
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de "Infancias respetadas"
Raschkovan, que trabaja hace más de dos décadas con niños y adolescentes, distingue con precisión lo que muchos padres y madres confunden en la rutina diaria. El autoritarismo, explica, es lisa y llanamente un abuso de poder. Respetar a un chico o a una chica no equivale a dejarlo hacer lo que quiera: el respeto, insiste, vive en el buen trato y no en la ausencia de normas. La frase parece sencilla, pero en la cocina de las siete de la tarde, con un berrinche en curso y el cansancio encima, suele ser la más difícil de sostener.
Tres estilos de crianza que conviven en las mesas familiares
- Autoritario: reglas rígidas, poca apertura al diálogo y escaso margen para escuchar los motivos del otro.
- Permisivo: mucho afecto y calidez, pero límites difusos por miedo a que el hijo se enoje o se aleje.
- Democrático o autoritativo: combina normas claras con conversación, afecto y revisión permanente de las propias decisiones. Es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio.
Esta clasificación, que la psicóloga estadounidense Diana Baumrind publicó por primera vez en los años sesenta, sigue siendo una de las herramientas más citadas a la hora de pensar la crianza. Lo interesante, señala la psicóloga Deborah Bellota, es que el estilo permisivo muchas veces nace del mejor lugar: padres y madres muy afectuosos que solo quieren cuidar a sus hijos del sufrimiento. El problema es que, sin límites sostenidos, esa misma calidez puede dejar a los chicos sin herramientas para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con serios inconvenientes a la hora de reconocer otras figuras de autoridad fuera del hogar, como las de la escuela o el club.
Las pequeñas frustraciones del día a día como aprendizaje
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan
La idea que repiten las especialistas es que la tolerancia a la frustración no cae del cielo: se entrena, como cualquier músculo. Y el primer gimnasio está en la casa. Si un niño o una niña nunca escucha un "no" dentro de un entorno seguro, sostenido por un adulto que lo quiere y que le explica por qué, probablemente llegue a la adolescencia sin las herramientas suficientes para procesar desencantos, rechazos o límites que la vida -y los otros- le van a imponer igual. Por eso, coinciden Raschkovan y Bellota, decir "no" con voz firme, mirándolos a los ojos y sin gritos ni golpes, es una de las formas más concretas de cuidado que un adulto puede ofrecer. En la cocina de Adrogué, mientras el agua de la pava empieza a silbar de nuevo, la madre respira, se agacha hasta quedar a la altura de su hija y le repite la orden con la misma calma con la que empezó. La nena, todavía con los labios apretados, estira la mano hacia el vaso verde y se lo entrega. No hubo premio ni castigo: hubo un límite que, por unos segundos, se sostuvo. Y eso, dicen las especialistas, ya es mucho.
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