Aftas que se repiten: lo que la boca intenta decir antes de que el resto del cuerpo lo confirme
Pequeñas, redondeadas y casi siempre inofensivas, las úlceras bucales suelen irse solas en una o dos semanas. Pero cuando aparecen con insistencia, crecen más de lo esperado o llegan acompañadas de otros malestares, conviene escucharlas como una señal de alerta que el cuerpo repite hasta que alguien le preste atención.
Son las nueve de la mañana y, mientras me sirvo el café, escucho a mi vieja quejarse otra vez del mismo tema: "Me mordí la mejilla otra vez, mirá, ya tengo la llaga". La frase suena a confesión repetida, de esas que se dicen mientras se lava los dientes frente al espejo del baño, con la boca todavía medio dormida y la luz del tubo fluorescente que ilumina el botiquín donde se acumulan enjuagues, cepillos, una pasta casi terminada y un vaso con los cepillos de todos. La afta, otra vez la afta, asomando en la cara interna de la mejilla, con su centro blanquecino y sus bordes enrojecidos, esa molestia que aparece y desaparece como si fuera parte de la rutina y que, casi siempre, no pasa de ahí.
Porque la verdad es que las úlceras bucales —esas lesiones que los médicos llaman aftas y que la mayoría conoce simplemente como "llagas en la boca"— son muchísimo más frecuentes de lo que uno imagina y, en la enorme mayoría de los casos, absolutamente inofensivas. Suelen aparecer en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, en el paladar blando o en el interior de los labios. Suelen presentar un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde rojizo, y a veces vienen anunciadas por un ardor o un hormigueo que la persona aprende a reconocer con el tiempo, casi como un que el cuerpo repite antes de cada episodio.
Cuáles son las que se resuelven solas y por qué
Las aftas menores —las más pequeñas y redondeadas, las que suelen medir menos de un centímetro— son las más comunes y, a la vez, las más fáciles de sobrellevar: aparecen, duelen al comer o al hablar, y desaparecen sin dejar marca en una o dos semanas. Las mayores, en cambio, son más profundas, más dolorosas y pueden tardar hasta seis semanas en cicatrizar. Existe también una tercera variante, menos conocida, formada por múltiples ulceraciones diminutas que tienden a agruparse, como un racimo de puntos blancos sobre la mucosa enrojecida.
Lo que las diferencia de otras lesiones que mucha gente confunde —y acá vale la aclaración, porque en la mesa familiar siempre surge la duda— es que no aparecen en la parte externa de los labios y no se contagian, a diferencia del herpes labial, que sí suele brotar en el contorno de la boca y se transmite por contacto directo. Esa distinción, que parece menor, es importante para entender por qué una afta que aparece una vez al mes no es lo mismo que un herpes que se repite cada ciertos meses.
Qué las provoca y cuándo hay que empezar a prestar más atención
Los desencadenantes más documentados son, en gran parte, los gestos cotidianos que casi nadie registra como tales: morderse la mejilla mientras se come apurado, un cepillado demasiado fuerte con un cepillo de cerdas duras, el roce constante de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada, o esa quemadura rápida con el pedazo de pizza que recién salió del horno. A eso se suman el estrés, el cansancio acumulado y los cambios hormonales que muchas mujeres identifican con precisión milimétrica, sobre todo en los días previos a la menstruación o durante el embarazo.
La alimentación también pesa más de lo que uno pensaría a primera vista. Los déficit de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen repetidamente en la literatura médica como factores asociados. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health, que reúne y compara resultados de múltiples estudios previos, encontró que las personas con aftas recurrentes registraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los autores aclararon, con la prudencia que la evidencia exige, que esa asociación no implica una causa directa y que en algunos indicadores la información disponible sigue siendo limitada.
- Lesión que persiste más de dos o tres semanas sin cicatrizar.
- Afta de tamaño inusual, mayor a un centímetro, o que se profundiza con el paso de los días.
- Reaparición frecuente: varias veces al año, en especial si antes no existían.
- Aparición simultánea de lesiones en otras mucosas, como genitales ojos, o junto con fiebre, diarrea o pérdida de peso.
- Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
- Sangrado de la lesión o cambio de color que no estaba presente al inicio.
Cuando las lesiones se repiten una y otra vez, no se trata solo de una molestia local: pueden estar hablando de algo más. Entre las enfermedades asociadas se encuentran la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. La afta, en estos casos, deja de ser protagonista y se vuelve señal, una pista que el cuerpo deja en un lugar visible —la boca— para que algo más profundo pueda ser detectado a tiempo.
Vuelvo al espejo del baño de casa, al que la luz del tubo fluorescente ilumina cada mañana mientras mi vieja termina de lavarse los dientes y se mira la mejilla con esa mezcla de fastidio y resignación que todos los que lidiamos con aftas conocemos bien. Si la llaga se va sola en una semana, no hay más que un buche de enjuague y seguir con el día. Pero si vuelve a aparecer en dos semanas, si duele más de lo razonable, si viene acompañada de algo que no estaba la vez anterior, entonces la conversación cambia: deja de ser un tema del botiquín y pasa a ser un tema de consultorio. Y a esa altura, lo mejor que uno puede hacer es dejar de mirar la boca en el espejo y empezar a contarle lo que pasa al médico que sabe escucharla.
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