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DOM, 20 SEPT 2026
Vida

Una tarde en el parque para recordar que el corazón también se cuida con lo cotidiano

En el Complejo Cultural Cipolletti, vecinos y equipos de salud compartieron controles de presión, un taller de RCP y una caminata. Un cardiólogo local insistió con un mensaje simple: medir, anotar y llevar el registro al consultorio.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 20 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las tres de la tarde del sábado y el parque del Complejo Cultural Cipolletti empieza a llenarse de gente que se acerca, sin demasiada ceremonia, a una mesa larga con un tensiómetro, un par de sillas y un equipo de residentes de Cardiología que recibe a los vecinos con una sonrisa medio tímida, como si les diera un poco de vergüenza mandar a alguien a sentarse para medirle la presión. Yo estoy ahí, con el bloc en la mano, mirando cómo una señora se acomoda el saco antes de que le coloquen el brazalete, y pienso que esta es, probablemente, la postal más honesta de lo que significa prevenir: una escena simple, en un parque, con un aparato y alguien que se toma unos minutos para escuchar a otra persona.

Medir todos los días y llevar el registro al consultorio

La jornada se llamó “Cipolletti cuida tu corazón” y la organizó la Municipalidad con la idea de sacar a los equipos de salud del hospital y llevarlos a un espacio verde donde la gente se sintiera invitada, no citada. Ahí me cruzo con Pablo, un cardiólogo que trabaja con el equipo de Leben Salud y que me explica algo que, dicho por él, suena casi de sentido común pero que, en la práctica, muy pocos pacientes cumplen: les pide a las personas que se midan la presión en su casa todos los días, que anoten los valores en un cuaderno o en el celular, y que lleven ese registro a la consulta. "Eso nos permite ver cómo fueron evolucionando las cifras a lo largo de, por lo menos, una semana", me dice, mientras acomoda un estetoscopio en el bolsillo de su camisolín. La idea, aclara, no es obsesionarse con el número, sino tener un mapa real de lo que pasa cuando uno no está sentado en un consultorio blanco con luces de tubo.

“El endurecimiento de las arterias que aparece con los años no quiere decir que tengamos que tolerar una presión más alta; los valores de referencia son los mismos para todos.”Pablo Schvartzman, cardiólogo

Pablo aprovecha la conversación para desarmar una creencia que escucha seguido en el consultorio y que, según me cuenta, también apareció en algunas de las mediciones de la tarde: la idea de que a determinada edad "ya corresponde" tener la presión un poco más alta. Me lo dice mirándome a los ojos, con ese tono de médico que ya dio esa explicación muchas veces pero no por eso la da de memoria: "El endurecimiento de las arterias que aparece con los años no quiere decir que tengamos que tolerar una presión más alta; los valores de referencia son los mismos para todos". Lo escucho y anoto, porque es de esas frases que uno subraya y después, en casa, mientras se mide la presión con el aparato que siempre queda en un cajón del baño, repite en voz baja para convencerse.

RCP, desfibriladores y la pregunta del millón

A unos metros de la mesa de controles, un grupo de personas se agacha y se levanta, se agacha y se levanta, sobre un muñeco de plástico que tiene el pecho marcado con líneas. Es el taller de reanimación cardiopulmonar que coordinó el equipo de Protección Civil. Ayelén, la directora del área, se me acerca con el walkie-talkie todavía en la mano y me cuenta que la propuesta nació con una intención muy concreta: que cualquier vecino que pasara por el parque pudiera aprender, en veinte minutos, a hacer las compresiones en el momento justo. "Queremos que la gente se vaya con una herramienta, no con un folleto", me dice, y mientras habla, una voluntaria apoya las dos manos sobre el torso del muñeco y cuenta en voz alta: uno, dos, tres, cuatro. La escena es rara y tierda al mismo tiempo, porque uno imagina que esa misma cuenta, en otra circunstancia, puede sonar en una cocina, en una vereda o en la sala de espera de un consultorio.

La jornada también funcionó como una excusa para que varios vecinos se acercaran a hacer preguntas que, de otro modo, tal vez hubieran quedado dando vueltas en la cabeza toda la semana. Pablo me cuenta que una de las primeras personas que se sentó a medirse pidió, antes de irse, un turno para hacerse su primer control cardiológico. Me lo dice como al pasar, mientras guarda el tensiómetro en un estuche azul marino, y yo pienso que a veces las campañas de salud funcionan así: no por la estadística que mueven, sino por ese gesto pequeño de alguien que decide, en una tarde de sábado, llamar a un consultorio.

Cuando el parque empieza a vaciarse y la mesa de controles se transforma otra vez en una mesa común, con un termo, unos vasos de plástico y una bandeja con facturas, miro la escena del principio: la silla donde se sentó la primera vecina, el tensiómetro que ya está apagado, el cuaderno donde alguien, en letra prolija, fue anotando sus valores de la tarde. Me parece que eso, en definitiva, fue lo más valioso de la jornada: la certeza de que la salud cardiovascular no se cuida solo en un consultorio, sino también en un parque, en una mesa ratona, en una cocina a las siete de la mañana o en una caminata con marcha activa que termina con una pausa para respirar. Como me dijo Pablo, medir, anotar y llevar el registro es un acto chico, casi doméstico, que puede terminar cambiando un pronóstico.

MF

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