The Gentlemen vuelve con todo: Eddie Horniman ya no es el mismo aristócrata y la serie se anima a ir más lejos
Guy Ritchie amplía el universo criminal con mafiosos italianos, más violencia estilizada y un protagonista que empieza a entender que el poder se cobra caro.
La sala está a oscuras cuando arranca el segundo tiempo. Esa imagen me sirve para describir lo que propone la nueva temporada de The Gentlemen: volver a poner en escena a Eddie Horniman, pero mostrándolo en una versión bastante menos amable de la que conocimos. Theo James retoma al Duque de Halstead en una entrega que se anima a romper con el tono casi de comedia negra de la primera y se corre hacia un registro más oscuro, más ambicioso y, a mi criterio, mucho más interesante.
La historia arranca tres meses antes de una escena que la primera temporada dejó como punto de fuga: Eddie malherido, arrastrándose por un campo embarrado. El salto temporal permite reconstruir ese recorrido, mostrar al aristócrata que entró por accidente al negocio del cannabis ya instalado en el imperio de la familia Glass y cada vez más cerca de Susie Glass. Ahora quiere expandirse: recuperar tierras alrededor de la finca, llevar las operaciones fuera del Reino Unido y moverse con soltura entre el cannabis legal, la política y los negocios oscuros.
El choque con Bobby y los nuevos jugadores europeos
El motor del conflicto es la tensión con Bobby Glass, el patriarca, más pendiente de su despertar espiritual que de aggiornar el negocio. Eddie empieza a entender que sus buenos modales pueden leerse como debilidad y que acumular poder implica dejar de permitir que otros decidan por él. Para complicarle el camino, la temporada suma personajes del crimen europeo: el mafioso italiano Marco Moretti, interpretado por Sergio Castellitto, y su colaboradora Cico Maldini, a cargo de Michele Morrone, que traen consigo una cuota de imprevisibilidad y obligan a Eddie a jugar en una liga más grande.
Guy Ritchie mantiene sus marcas de fábrica —el espectáculo visual, la violencia estilizada, el humor negro— pero las pone al servicio de una pregunta de fondo: qué le hace el poder a alguien que no nació para esto. La transformación de Eddie Horniman recuerda, guardando las distancias, a la de esos personajes clásicos del género que cuanto más control ganan sobre su entorno, más lejos quedan de poder volver a casa. Y esa, me parece, es la apuesta más arriesgada de una serie que en su primera entrega parecía más preocupada por el ingenio de cada episodio que por construir un arco así de sostenido.
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