La propuesta de Kimberley Wilson para mirar el cansacio crónico: revisar también el plato y la almohada
Una psicóloga británica sostiene que la fatiga persistente, la apatía y el bajo ánimo merecen una evaluación que contemple alimentación, descanso y movimiento, además de la psicoterapia y la medicación cuando haga falta.
Son las siete de la tarde de un martes cualquiera y, otra vez, el cuerpo pide sentarse antes de tiempo. La cabeza no acompaña, los hombros pesan y la frase "no me alcanza el día" aparece sola, como un disco rayado. Para Kimberley Wilson, psicóloga clínica y nutricionista británica, ese cansancio que se pega a la rutina no es un detalle menor: es una señal que merece ser escuchada con la misma seriedad que un ataque de pánico o una crisis de llanto.
Wilson viene planteando hace tiempo que la consulta por salud mental debería abrirse a preguntas que hoy suelen quedar afuera del consultorio. Cómo se alimenta una persona, cómo duerme, cuánto se mueve, qué consume. No como un dato decorativo, sino como parte central del mapa de lo que le está pasando. "El cansancio persistente, la apatía y el ánimo bajo requieren una evaluación que también contemple posibles carencias nutricionales", resume la especialista, autora de varios libros sobre la relación entre cuerpo, cerebro y emociones.
Un enfoque que integra, no que reemplaza
Acá viene el punto que la propia Kimberley Wilson: integrar no es reemplazar. La psicoterapia y los medicamentos siguen siendo herramientas centrales cuando el cuadro lo requiere. Lo que ella propone es que, antes de definir un tratamiento, se haga un barrido más amplio de lo que está influyendo en el ánimo de esa persona. Porque una cosa es un cuadro depresivo con base en experiencias traumáticas, donde lo principal va a ser un trabajo terapéutico especializado, y otra cosa es alguien que llega a la consulta con un cansancio que le borra los días, una anemia no diagnosticada y una alimentación que no llega a cubrir lo que el cuerpo necesita.
En cualquiera de los dos casos, dice Wilson, lo que se pierde al no mirar el plato es tiempo. Tiempo en el que la persona sigue sintiéndose mal y, sobre todo, tiempo en el que no se entiende por qué. Esa falta de explicación, me animo a decir, suele ser tan agotadora como el síntoma mismo. Cuántas veces uno escucha "me dijeron que era estrés" y se queda con esa etiqueta como si fuera un diagnóstico cerrado, cuando en realidad apenas es el comienzo de la búsqueda.
Qué nutrientes miran al cerebro
La especialista menciona un grupo chico de nutrientes que la literatura científica viene vinculando con el funcionamiento cerebral: las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3. No son una lista mágica ni una promesa de solución rápida. Wilson es clara en eso: una insuficiencia de cualquiera de estos nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, pero puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, recomendados al menos una vez por semana por su aporte de omega-3.
- Para dietas vegetarianas o veganas, suplementación evaluada con un profesional de salud, especialmente de B12.
- Sueño, movimiento, consumo de sustancias y situaciones de estrés como parte de la misma revisión clínica.
Ese último punto me parece importante resaltarlo, porque a veces uno busca la solución en una cápsula y olvida lo que está en la mesa, en la almohada, en la caminata que se dejó de dar. El propio Wilson lo señala: los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse, lo cual obliga a tener paciencia y, sobre todo, a no abandonar el tratamiento cuando los resultados no llegan con la velocidad que uno quisiera.
La experiencia que la marcó
Su interés por este cruce entre alimentación y salud mental se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres. Allí, Kimberley observó de cerca las dificultades de regulación emocional que aparecían asociadas con carencias alimentarias graves, en contextos de por sí atravesados por el encierro, la violencia y el consumo. También cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de episodios violentos. Eso no quiere decir, aclara, que la conducta de una persona se explique solo por lo que come, y sería una torpeza enorme quedarnos con esa lectura simplista.
Vuelvo al living de las siete de la tarde, al sillón, al cuerpo que pide bajar. La propuesta de Kimberley Wilson no convierte a un plato de sardinas en una cura, ni reemplaza al psicólogo ni al psiquiatra. Lo que hace, en todo caso, es recordarnos que el ánimo no vive en un compartimento separado del resto de la vida. Que la comida, el sueño, el movimiento y las palabras que recibimos también nos están cuidando o nos están faltando. Y que, a veces, empezar por ahí es un modo razonable de empezar.
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