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MAR, 06 OCT 2026
Vida

La herencia silenciosa: cómo los deseos de los padres se transforman en culpa

La psicóloga Cynthia Wila sostiene que las expectativas familiares, aunque se transmitan con afecto, pueden convertirse en mandatos que persiguen a los hijos durante toda la vida adulta. Su planteo invita a revisar qué se reprocha cada uno y a distinguir la responsabilidad del castigo interior.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 3 min
La herencia silenciosa: cómo los deseos de los padres se transforman en culpa

En la mesa familiar todavía humea el café de la tarde cuando la pregunta aparece como si nada. "¿Y cuándo te recibís?", dice la madre mientras acomoda los platos con la misma naturalidad con la que ordena los cubiertos desde hace treinta años. El hijo, ya grande, siente un peso viejo instalarse en el pecho, una angustia conocida que él mismo no sabe nombrar. La escena se repite en miles de hogares argentinos y resume, casi sin querer, el punto de partida del ensayo La culpa (Paidós), de la psicóloga Cynthia Wila.

La autora, en diálogo con este medio, propone recorrer un camino incómodo pero necesario: preguntarse qué responsabilidad tenemos en aquello que nos reprochamos a diario. Para Wila, esa revisión resulta clave en los vínculos familiares, donde las exigencias que acompañan cada decisión suelen estar teñidas por las expectativas de los demás, mucho más que por el deseo genuino de quien las recibe.

El peso de los proyectos pendientes

Wila observa que las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos pueden incluir proyectos que ellos mismos no llegaron a concretar. Cuando esas metas inconclusas se trasladan de generación en generación, aparece una demanda imposible: cumplir con los deseos pendientes de otra persona. La psicóloga lo describe como una carga silenciosa, porque no siempre se expresa con palabras hirientes.

"No hacen falta gritos para generar una exigencia", explica Wila. "Un pedido expresado con cariño puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Esa búsqueda constante puede provocar mucha angustia y mucha culpa".

Normas que cuidan y mandatos que restringen

  • Las normas que ayudan a convivir, como los límites a la agresividad, funcionan como acuerdos colectivos para respetarnos.
  • Los mandatos familiares, en cambio, restringen las elecciones personales y condicionan decisiones clave de la vida.
  • Detrás de muchos mandatos aparece el miedo a perder el afecto de quienes los transmiten, lo que vuelve difícil cuestionarles.
  • Esas exigencias suelen internalizarse: las voces y los juicios de la infancia se convierten, en la adultez, en reproches propios.

La especialista insiste en que estas presiones no desaparecen automáticamente al crecer. Las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, y la exigencia puede persistir aunque ya no haya nadie formulándola desde afuera. Frente a ese mecanismo, su propuesta es concreta: detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad real por los propios actos, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre uno mismo.

Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. No hay recetas universales, dice, sino recorridos individuales atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. El primer paso, sugiere, es atreverse a distinguir entre lo que verdaderamente hicimos y aquello que, sin darnos cuenta, seguimos pagando como si fuera una deuda heredada.

Vuelvo a la mesa del principio. El café ya se enfrió y los platos siguen en su lugar. El hijo respira hondo antes de responder, y esta vez, en lugar de buscar la palabra justa para quedar bien, se permite decir lo que siente. La culpa, como plantea Wila, no se borra de un día para otro, pero se vuelve más liviana cuando dejamos de cargar los sueños que nunca nos pidieron permiso para heredar.

MF

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