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JUE, 24 SEPT 2026
Vida

La mano que alcanza: cómo el contacto físico calma el cuerpo y la mente

La neurocientífica Paula Salamone explica por qué tocar a otro modifica respuestas del sistema nervioso, qué distingue esa caricia del gesto que nos hacemos a nosotros mismos y de qué manera la cultura moldea la distancia entre las personas.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 24 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Hay una escena que cualquiera que haya transitado una sala de espera de hospital conoce bien: alguien sentado en una silla de plástico con la mirada perdida, mientras otro se acerca, le toma la mano y se queda ahí, en silencio, sin decir nada. A veces esa mano apretada dura minutos, a veces horas, y casi nunca parece grandilocuente. Sin embargo, según lo que explica Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, ese gesto tan pequeño tiene efectos concretos sobre el sistema nervioso de quien lo recibe: puede bajar la ansiedad, morigerar el miedo y modificar respuestas fisiológicas que en general asociamos con el estrés.

Salamone, que además integra el equipo Tango-i Lab en Argentina, donde se investiga la relación entre el contacto corporal y los síntomas de despersonalización, sostiene que la piel no es sólo una superficie que nos separa del mundo: es un órgano que conversa permanentemente con el cerebro. Y lo que recibe del afuera, sobre todo cuando viene de otro, tiene consecuencias que van más allá de lo simbólico. En diálogo con este portal, la especialista repasó cómo funciona ese intercambio, qué papel cumple la cultura y por qué las cosquillas son, también, una pequeña ventana para entenderlo.

El cuerpo registra más de lo que se dice

“Cuando alguien siente miedo o angustia, darle la mano puede ser una forma de acompanarlo con efectos sobre su estado emocional”, resume Salamone, y pone un ejemplo que se vuelve casi universal: los chicos que, en plena tormenta o ante una situación que los asusta, buscan la mano de un adulto. Esa escena, que aparece en cualquier plaza del conurbano bonaerense una tarde de marzo, fue estudiada por su relación directa con la reducción del temor. La especialista advierte que el efecto del tacto involucra distintas partes del sistema nervioso: “los estímulos sobre la piel se conectan con la actividad cerebral, con la médula espinal y con respuestas del resto del organismo”, enumera, y agrega que recibir una caricia o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas vinculadas con el estrés y la relajación.

Cuando el contacto lo hace uno mismo

Hay un segundo escenario, más íntimo y quizá más frecuente de lo que uno cree: los gestos que una persona dirige hacia sí misma para regular lo que siente. Salamone menciona tocarse el cabello o acariciarse la barba como ejemplos clásicos de ese autocontacto. Sin embargo, aclara, la respuesta no es la misma cuando interviene alguien más: el cerebro distingue con precisión entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera. “Las cosquillas son un buen ejemplo para entenderlo”, dice la investigadora, y abre una pequeña clase de neurociencia cotidiana: cuando uno intenta provocárselas a sí mismo, anticipa el lugar, el momento y la forma del contacto, y esa previsión atenúa la sorpresa y la intensidad de la sensación. Cuando el movimiento lo hace otro, en cambio, queda un componente de incertidumbre. Y por eso, remata Salamone, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social: necesitan del otro para tener sentido.

La cultura también marca la distancia

La cercanía corporal, claro, no se vive igual en todos lados. Salamone cuenta que, durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia resultaba habitual. En la Argentina, esa misma distancia sería leída como frialdad o incomodidad. “Las diferencias culturales en el espacio personal no implican emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse”, señala, y la observación sirve para pensar por qué a veces un abrazo nos parece excesivo y otras veces insuficiente: no se trata sólo del gesto, sino del acuerdo silencioso que cada sociedad construye alrededor de la proximidad entre los cuerpos.

Lo que dejó la pandemia, y la pregunta que sigue abierta

En el Tango-i Lab, Salamone trabaja junto a otros investigadores en una línea que mira hacia los años del aislamiento: ¿la falta de interacción física durante la pandemia dejó efectos posteriores? Es, todavía, una pregunta abierta de investigación, sin respuestas cerradas. Lo que sí parece consolidado, según lo que cuenta la especialista, es que una mano o una caricia pueden formar parte del acompanamiento cotidiano de una manera mucho más profunda de lo que solemos admitir. A veces, dice Salamone, no hace falta más que eso: alguien al lado, una mano que llega, y el cuerpo, que registra todo, hace el resto.

Vuelvo a la sala de espera del principio, a esa silla de plástico, a la mano que se estira. Tal vez la próxima vez que alguien la tome, quienes estén ahí sepan algo que antes pasaba por intuición: que ese contacto no es sólo un gesto amable, sino un idioma que el sistema nervioso entiende, traduce y calma.

MF

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