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VIE, 11 SEPT 2026
Vida

El placard como archivo: la ropa argentina que cuenta la historia del país desde el Moderno

La muestra "Vestir mundos", organizada por el Museo de Arte Moderno y Fundación IDA, reúne casi cinco décadas de indumentaria local y la lee como un documento de las crisis, las búsquedas ambientales y las identidades culturales de la Argentina.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 11 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Una campera colgada en una percha de madera, un par de botitas de cuero gastadas sobre un estante y, del otro lado del vidrio, un guardapolvo blanco que alguien volvió a coser hasta transformarlo en un vestido de fiesta. Esa postal inesperada —la ropa de todos los días convertida en pieza de museo— es la que recibe al visitante que desde el 10 de septiembre se acerca al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires para recorrer "Vestir mundos", la exposición que la institución comparte con Fundación IDA y que se quedará en sus salas hasta el 1 de julio de 2027. Lo que empieza como una visita a una muestra de indumentaria termina siendo, conviene decirlo de entrada, una recorrida por casi cinco décadas de historia argentina leídas a través de lo que llevamos puesto.

La curaduría, a cargo de Franco Chimento y Raúl Flores, ordenó el recorrido en seis núcleos temáticos que funcionan como capítulos de un mismo ensayo: la ropa como documento de época. La idea fuerza, según explican los propios curadores, es que los diseñadores argentinos —muchos de ellos convertidos hoy en nombres de referencia— hicieron de la restricción y de la crisis una materia prima, no un obstáculo. "Son diseños que dialogan con las inquietudes de su tiempo y transforman la carencia o la dificultad en potencia", resume Chimento, y esa frase termina acting como una clave de lectura para todo lo que viene después.

De las crisis de los noventa a la fiesta del guardapolvo

Los primeros núcleos de la muestra se detienen en las respuestas creativas que el diseño local ensayó frente a las crisis socioeconómicas de fines de los años noventa y comienzos de los dos mil. Ahí aparecen firmas como Trosmanchurba, el proyecto que Martín Churba y Jessica Trosman empujaron hasta convertirlo en un laboratorio: experimentaron con fusiones textiles, con el quemado de plásticos y con materiales descartados para repensar de raíz qué significa "sofisticación" cuando el país se cae a pedazos. En la misma sala se cruza con quien recorre la muestra una pieza que todavía hoy sigue dando qué hablar: "Pongamos el trabajo de moda para siempre" (2004), la colección que la marca hizo junto a la Cooperativa La Juanita y que resignificó el guardapolvo blanco como símbolo de trabajo autogestionado. Es, también, una de esas prendas que en cualquier casa argentina cuelga detrás de una puerta y que, visto en este contexto, deja de ser un uniforme y pasa a ser un manifiesto.

Sostenibilidad, trueque y supra-reciclaje

El recorrido avanza luego hacia uno de los ejes más fuertes de la muestra, que es el de la sostenibilidad entendida no como tendencia sino como ética de trabajo. El colectivo 12NA, formado por Mariano Breccia y Mercedes Martínez, desarma y recompone prendas de segunda mano como quien reescribe una partitura. Juliana García Bello, en paralelo, trabaja con ropa heredada y con manteles donados, devolviéndole a la costura un lugar de archivo familiar. La firma Therapy Recycle and Exorcise —con base en Córdoba y Berlín— lleva esa lógica del supra-reciclaje hasta las pistas de las subculturas nocturnas, sin distinguir géneros ni temporadas y proponiendo, en la práctica, otra manera de entender el vestir.

Norte, oficios y nuevos materiales

Otro de los núcleos más sensibles de "Vestir mundos" es el que pone el foco en el diálogo con las tradiciones regionales. MANTO, el proyecto que Clara de la Torre y Diana Dai Chee Chaug sostienen desde 1996, trabaja con hilanderas del norte argentino para producir prendas en lana de oveja y pelo de llama combinadas con sastrería contemporánea, y lo hace en un esquema de comercio justo que la muestra se ocupa de visibilizar. En la misma línea se inscribe el trabajo de la salteña Roxana Liendro, que traslada técnicas de orfebrería —el repujado, el cincelado— sobre textiles andinos como el barracán y el aguayo, y consigue que una pollera o un saco lleven colgada, en cada costura, la memoria de un oficio. La exposición cierra, además, con un guiño a las búsquedas más recientes: la biotecnología y la producción circular, un capítulo en el que la indumentaria se cruza con el laboratorio y donde la ropa empieza a parecerse, también, a un experimento científico.

Lo que uno se lleva puesto al salir —permítanme el juego de palabras— es la sensación de que esa campera colgada en la percha de madera, esas botitas gastadas sobre el estante y ese guardapolvo reconvertido en vestido dicen, sobre la Argentina de las últimas décadas, bastante más que varios libros. "Vestir mundos" no necesita grandes happenings ni instalaciones espectaculares para conmover: le alcanza con recordar que la ropa que llevamos encima es, muchas veces sin que nos demos cuenta, la forma más cotidiana de —perdón, de archivo— que tenemos a mano. Y que mirarla con ojos de museo, como propone el Moderno hasta julio de 2027, es también una manera de mirarnos a nosotros mismos.

MF

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