Dormir a horario: la noche que hay que reorganizar para poder madrugar
La constancia al acostarse, la luz natural y un cuarto oscuro y fresco son las claves que repiten los especialistas para empezar el día más temprano sin resignar horas de descanso.
Son las seis y cuarto de la mañana y María ya está parada frente a la ventana de su departamento en Colegiales, descorriendo la cortina para que entre la primera luz de la calle. En la mesita de luz quedaron preparados, desde la noche anterior, el termo con el café, la ropa doblada y hasta una lista con las tres tareas que pretende arrancar antes de que el resto de la familia abra los ojos. “Al principio me costaba horrores, pero ahora hasta lo extraño cuando duermo hasta tarde”, cuenta mientras mira la pantalla del celular, que ya volvió a quedar en el cajón del living.
Levantarse más temprano no es, en realidad, un problema de, sino de noches bien organizadas. Si no se reorganiza también la noche, el intento de madrugar termina pagándose con sueño acumulado, mal humor y un café de más a las once. Por eso conviene empezar por el final del día: definir una hora posible de despertar y, a partir de ahí, calcular a qué hora conviene meterse en la cama para conservar el descanso que cada cuerpo necesita.
Siete u ocho horas, el piso que la mayoría no puede negociar
Una revisión sobre sueño y ritmos circadianos ubica el descanso insuficiente, para la mayoría de las personas, por debajo de las siete u ocho horas diarias, aunque las necesidades varían de un organismo a otro. En los adultos, pasarse en forma sostenida de ese umbral suele traducirse en irritabilidad, baja concentración y un cansancio que se arrastra hasta la noche siguiente, creando un círculo difícil de cortar.
Cambio gradual y horarios estables
- Adelantar el despertador de a pocos minutos por semana hasta llegar a la hora buscada.
- Mantener el mismo horario de acostarse y levantarse también los fines de semana.
- Preparar la ropa, el desayuno y las tareas prioritarias la noche anterior para reducir decisiones a la mañana.
- Reservar una actividad sencilla, como leer o caminar, que funcione como motivo concreto para levantarse.
Para María, el truco fue empezar por la mesa del living. “El domingo a la noche dejo todo listo: la ropa, el café, hasta el cuaderno con lo que quiero hacer al otro día. Cuando suena la alarma, no tengo que pensar nada, solo actuar”, describe. Esa organización chiquita es la que termina marcando la diferencia entre levantarse con energía y empezar el día renegando.
La luz como aliada del reloj biológico
La luz natural es una de las señales más potentes para el reloj interno. Una revisión científica sobre ritmos circadianos señala que la exposición matinal tiende a adelantar el reloj biológico, mientras que la luz del atardecer y de la noche puede retrasarlo. Por eso, abrir las cortinas al levantarse, desayunar cerca de una ventana o dar un breve paseo al sol ayudan a que el cuerpo entienda que la jornada arrancó.
Un cuarto a oscuras y sin pantallas
Por la noche, la Organización Mundial de la Salud recomienda reducir el uso de dispositivos electrónicos antes de acostarse y disponer de un dormitorio con oscuridad, tranquilidad y una temperatura agradable. En lo concreto, eso implica bajar las persianas, dejar el celular cargando en otro ambiente y evitar esa costumbre tan argentina de mirar el teléfono en la cama hasta que el sueño llega solo.
Siestas, café y comidas: lo que suma y lo que resta
Durante la transición puede aparecer somnolencia diurna, pero conviene cuidar las siestas. Las siestas largas o demasiado cercanas a la hora de acostarse pueden arruinar el sueño de la noche, advierte Mayo Clinic, que también sugiere evitar, cerca de ese momento, las comidas abundantes, la cafeína, la nicotina y el alcohol. Un café a las cinco de la tarde puede parecer inofensivo, pero a las once de la noche se transforma en la razón por la que los ojos no se cierran.
En cambio, la actividad física durante el día puede favorecer la conciliación del sueño, sin necesidad de meterla en la rutina apenas uno se levanta. Una caminata a la tarde, andar en bicicleta o hacer estiramientos antes de cenar suelen ser suficientes para que el cuerpo llegue cansado a la hora de dormir.
Si, pese a sostener estos hábitos en forma regular, continúan los problemas para conciliar el sueño, los despertares frecuentes o una somnolencia diurna que no cede, conviene consultar a un profesional. “No hay que normalizar el dormir mal”, insiste María mientras mira otra vez por la ventana de su living, donde ya entra sol de lleno. “Cuando empecé a acostarme a horario y a abrir las cortinas temprano, recién ahí entendí que madrugar no era un sacrificio, sino una decisión que empezaba la noche anterior.”
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