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VIE, 02 OCT 2026
Vida

Daniel y los dibujos que finalmente salieron del placard: una muestra en Aluminé que lo cambió todo

A los 39 años y después de toda una vida regalándole sus personajes de Goku y Pokémon a familiares y amigos, este vecino de Aluminé aceptó la propuesta de su cuidador y exhibe por primera vez sus obras en la Casa de la Cultura local. La historia de una muestra que es también la historia de un paso enorme hacia afuera.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 5 min
Daniel y los dibujos que finalmente salieron del placard: una muestra en Aluminé que lo cambió todo

Me acerco a la Casa de la Cultura de Aluminé y lo primero que veo, antes de cruzar la puerta, es a Marcos Quiroga acomodando con cuidado uno de los marcos que cuelgan de las paredes. Lo saludo y él me sonríe con esa mezcla de orgullo y de cansancio que tienen los que armaron una muestra entera en pocos días. Adentro, en una sala luminosa, los personajes miran desde distintos ángulos: Goku en varias de sus transformaciones, criaturas de Pokémon, figuras de Los Caballeros del Zodíaco. Todos dibujados con trazo firme, mucho color y una paciencia que se nota. Es la primera vez que estas hojas de papel quedan colgadas en una pared para que cualquiera las venga a ver, y por eso me quedo charlando largo y tendido con su autor, Daniel Lefiman, que tiene 39 años, dibuja desde que tiene memoria y hasta ahora les venía regalando casi todo lo que hacía.

Una infancia con lápiz en la mano y una tele con Dragon Ball Z de fondo

Daniel me recibe con la calidez de alguien que está viviendo un momento importante y todavía no termina de caer. Le pregunto cuándo empezó a dibujar y me responde con una frase corta que dice todo: desde chico, siempre. En su casa todavía se conservan cuadernos de la primaria, hojas de carpeta con márgenes comidos por la tinta, personajes copiados de la televisión que él miraba religiosamente. “Yo veía Dragon Ball Z y dibujaba a Goku”, me cuenta mientras señala el personaje que más veces apareció bajo su mano, en distintas poses, con el pelo parado de la fase que más le gusta. Con el tiempo se fueron sumando otros universos: Pokémon con sus cientos de criaturas y Los Caballeros del Zodíaco con sus armaduras, dos fuentes de inspiración que siguen vivas en su teléfono, donde guarda las imágenes que después reproduce en el papel con la ayuda de Marcos, que es su cuidador pero también, ahora, su compañero de proyecto.

Para trabajar, Daniel hace lo que haría cualquiera de nosotros si tuviera que armar una playlist: elige las referencias que le gustan, las mira, y empieza. Las imágenes viven en la galería de su celular y de ahí pasan al papel. Cuando le pregunto cómo se concentra, me lo dice con una tranquilidad que contagia: “A veces escucho música mientras dibujo”. Nada demasiado elaborado: auriculares puestos, una canción de fondo y la mano que va completando líneas y colores hasta que el personaje aparece. Lo que se ve colgado en la Casa de la Cultura es el resultado de ese método, tan simple y tan sostenido en el tiempo.

Un mural, un cuidador y la propuesta que lo sacó del placard

Le pregunto a Daniel cómo terminó exponiendo y lo primero que hace es mirar a Marcos, que está a su lado y que es, en buena medida, el motor de esta historia. El punto de partida fue algo muy de barrio: Marcos fue a la casa de Daniel a pintar un mural y vio, apoyados en un rincón o guardados en un cajón, los cuadernos y las hojas con años de trabajo. Eran dibujos que circulaban entre la familia y los amigos, porque Daniel tiene la costumbre de regalarlos. No estaban pensados para mostrarse en una sala, y por eso mismo le llamó la atención a Marcos, que enseguida le propuso sumarse a la muestra de artistas locales que organiza la Casa de la Cultura. Aceptar fue, para Daniel, decidirse a hacer público algo que hasta ahora era casi íntimo.

Preparar la exposición requirió algo que para muchos es rutina y que para Daniel fue un aprendizaje enorme: trabajar con plazos. Hubo que revisar los dibujos que ya tenía, decidir cuáles se colgaban, hacer algunos nuevos y mirar el resultado para llegar a la fecha. Marcos lo acompañó en todo ese proceso, y en el montaje final también estuvo Cecilia, titular de ACADA, la asociación civil de Aluminé que trabaja con personas con discapacidad y que sostiene a Daniel en su vida cotidiana junto con su familia. Para Cecilia, la muestra no fue solamente una actividad cultural: fue la oportunidad de sostener una tarea con tiempos concretos y, sobre todo, ganar seguridad para moverse después en otros espacios. Eso se nota cuando uno habla con Daniel: hay una calma nueva, la de alguien que acaba de comprobar que puede hacer algo distinto y le salió bien.

Una instalación para mirar desde varios ángulos

Antes de irme, le pido a Marcos que me explique cómo se pensó la disposición de los dibujos, porque no están simplemente colgados en fila, y la respuesta me parece clave para entender de qué va la propuesta. Las obras están ubicadas de manera que el visitante se tenga que mover, girar, cambiar de ángulo para verlas completas. Algunos personajes parecen esconderse un poco detrás de otros, o aparecer recién cuando uno se corre a un costado. Es una invitación a recorrer la sala en vez de pasar de largo, y a mí me deja dando vueltas como si estuviera jugando a encontrar las figuras, algo que, siendo honesta, me arranca más de una sonrisa. Daniel mira la sala ya armada y se le nota la satisfacción de alguien que ve su propio trabajo como si fuera la primera vez.

La muestra en la Casa de la Cultura de Aluminé puede visitarse hasta el 2 de octubre. Es apenas un rato lo que demanda recorrerla, pero se trata de ese tipo de salidas que después uno sigue pensando un buen rato en el colectivo de vuelta a casa. Para Daniel, es la primera vez que sus dibujos dejan de ser un regalo entre conocidos para convertirse en algo que está ahí, colgado, esperando que se acerque cualquiera que tenga ganas de verlos. Para los vecinos de Aluminé y para quien pase por el pueblo, es la oportunidad de cruzarse con la historia de un vecino de 39 años que toda la vida dibujó para los suyos y que, de la mano de Marcos y de ACADA, se animó por fin a mostrarlo. Me voy pensando que a veces la noticia no es un anuncio grandilocuente ni una cifra rimbombante: a veces es un Goku gigante colgado en la Casa de la Cultura de un pueblo patagónico, hecho con paciencia, y un pibe que durante años lo guardaba en un cajón hasta que alguien le dijo que valía la pena sacarlo a la luz.

MF

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