Cuando el cuerpo pide parar y la cabeza no sabe cómo: cinco llaves para volver a respirar
Una coach especializada en gestión del estrés y dos organismos internacionales coinciden en que la saturación no se resuelve con más voluntad: hacen falta pausas reales, metas chicas y revisar la propia relación con la exigencia. Una guía para empezar hoy, sin grandes cambios.
Son las siete de la tarde y la notebook sigue abierta sobre la mesa del comedor, justo al lado de la taza de café que ya quedó fría hace rato. Yo me quedo mirándola un momento, como si esperara que de las teclas saliera sola la respuesta a los mails que se acumulan desde la mañana. En algún punto de la jornada se cortó algo: la cabeza ya no ordena, los pendientes se mezclan con los pendientes y la sensación es la de estar corriendo en una cinta que nadie frenó. Es ahí, precisamente en ese instante en que el cansancio empieza a ganar, donde una especialista propone detenerse antes de seguir.
Cinco hábitos chicos para desarmar el piloto automático
Marta Cereceda, coach especializada en gestión del estrés, suele recibir en su consultorio a personas que llegan con un síntoma muy parecido: no pueden parar, no porque no quieran, sino porque se les borró la frontera entre lo urgente y lo importante. Para esos casos, Cereceda identifica cinco prácticas que, según cuenta a este portal, no exigen una reorganización total de la rutina ni decisiones heroicas. El punto de partida, dice, es tan pequeño como hacerse una pausa antes de seguir.
- Reservar unos minutos al inicio o al cierre del día para observar el propio estado y responder preguntas simples: cómo estoy, qué necesito, qué tareas siguen teniendo sentido.
- Alejarse brevemente de la pantalla, respirar o cambiar de espacio antes de retomar; reducir el número de decisiones inmediatas para que planificar no se vuelva otra fuente de presión.
- Identificar qué hay detrás del impulso de seguir: miedo a no llegar, a perder el control o a decepcionar. Ese reconocimiento corre el foco desde la organización hacia la relación personal con la exigencia.
- Reemplazar objetivos vagos por acciones específicas y observables, como caminar dos tardes por semana, reservar una noche sin trabajo o dedicar una comida a estar presente, y después evaluar qué efecto concreto tuvieron.
- Reconocer que parar no depende solo de la voluntad individual: las organizaciones deben consultar a sus equipos sobre la carga de trabajo, según la OIT, y la OMS advierte que la prevención en salud mental requiere medidas individuales y también cambios en las condiciones laborales.
La propia Cereceda lo resume con una frase que suele repetir a sus pacientes y que a mí, mientras escribo esta nota, me sigue dando vueltas: "uno no se organiza mejor por trabajar más, sino por decidir mejor cuándo parar". La Organización Internacional del Trabajo acompaña esa mirada y señala que los descansos deben ajustarse en tiempo y frecuencia a la carga real de cada actividad, y vincula las jornadas extensas con la falta de pausas al estrés laboral. No es un dato menor: cuando las condiciones no acompañan, ningún truco individual termina de cerrar el círculo.
El cuarto hábito me parece el más revelador, y también el más difícil de sostener. Cambiar el "tengo que desconectar más" por "esta tarde voy a caminar veinte minutos" obliga a un nivel de honestidad con uno mismo que no siempre estamos dispuestos a bancarnos. Después, eso sí, llega el paso clave: revisar qué efecto concreto tuvo la decisión. Más energía, más calma, sensación de control. Si el resultado aparece, la conducta se repite; si no, se ajusta. No hay sermones, hay prueba y error.
Vuelvo a la mesa del comedor. La taza fría sigue ahí, pero esta vez decido levantarla, lavarla y guardarla. Es un gesto mínimo, casi ridículo, pero funciona como esa primera pausa que recomienda Cereceda: detenerse un instante antes de seguir. Parar, en definitiva, no es un premio que uno se gana después de cumplir con todo. Es, muchas veces, la única manera de que lo que queda por hacer todavía tenga sentido hacerlo.
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