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LUN, 31 AGO 2026
Vida

Teresita, la profesora que aprendió a cosechar almendras en el patio de su casa y hoy sostiene un emprendimiento artesanal en Plottier

A los 62 años, la ex docente de Biología transformó un lote lleno de malezas en Almendras del Limay, un proyecto chico y hecho a mano que la acompañó incluso mientras atravesaba un cáncer durante la pandemia. Una historia de oficio, paciencia y oficios que se encadenan.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 31 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min

Son las nueve de la mañana y el Limay todavía arrastra algo de neblina cuando Teresita Peláez abre la tranquera de su chacra en el barrio Piscicultura, a las afuera de Plottier. En una mano lleva la tijera de podar y en la otra, una taza de café que se enfría sola porque las almendras, dice, esperan. Del otro lado del alambrado crecen los almendros, prolijos como una promesa cumplida: los mismos árboles que hace más de una década no eran más que una idea en la cabeza de una profesora de Biología que se preguntaba qué hacer con un terreno invadido de yuyos.

Un agujero en el alambrado y un árbol que ya daba señales

La historia empieza casi por accidente. Teresita había comprado la hectárea hacía casi veinte años y lo primero fue levantar la casa. El resto del lote quedó durante mucho tiempo cubierto de malezas, hasta que un agujero en el alambrado la obligó a intervenir ese sector. Dejar la tierra sin trabajar significaba que los yuyos volverían, pero destinar el riego apenas al césped le parecía un desperdicio. Entonces recordó un almendro que había plantado años antes en otro rincón del terreno, todavía pequeño pero firme, y se preguntó por qué no sumar más.

“Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara.”Teresita Peláez, sobre la ingeniera Silvana Moschini, del Centro PyME de Plottier

Con esa pregunta bajo el brazo fue a golpear las puertas del Centro PyME local, donde la ingeniera Silvana Moschini la orientó y, según recuerda Teresita, terminó de encender su entusiasmo. En 2013 plantó los primeros árboles justamente donde había estado roto el alambrado. Dos años después incorporó otro cuadro de plantación. Por entonces ella todavía daba clases y el proyecto era, en sus propias palabras, un hobby que a veces me ha resultado un poco caro. Una ventaja práctica pesó desde el principio: las almendras no requieren venderse de inmediato después de la cosecha, lo que le permitía manejar los tiempos sin que el emprendimiento se convirtiera en una carga adicional al trabajo en el aula.

De hobby a Almendras del Limay, con cosecha propia y packaging hecho a mano

  • Almendras naturales, tostadas y saladas, que se envasan en frascos de vidrio con etiqueta artesanal.
  • Almendras garrapiñadas, una de las especialidades que más piden los clientes que llegan por recomendación.
  • Harina de almendras, pensada para repostería y para celíacos, un nicho que la pandemia ayudó a visibilizar.
  • Miel y productos de apicultura, que nacieron cuando las colmenas llegaron para polinizar los almendros.
  • Plantas aromáticas y de huerta, que completan la oferta y le dan vida al invernadero construido en 2020.

Hoy Almendras del Limay es un emprendimiento pequeño, casi íntimo, en el que Teresita participa de cada etapa, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado. De manera permanente trabaja junto a ella José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto después de cruzarse con Teresita en una feria. Es muy artesanal, describe ella, y la frase no es un eufemismo: las almendras se seleccionan a mano, se tuestan en tandas chicas y se guardan en frascos que después ella misma etiqueta en la mesa del comedor, con la radio de fondo y la ventana abierta al Limay.

Durante la pandemia, mientras hacía el tratamiento, el invernadero se volvió su lugar en el mundo. Regar, podar, ver crecer algo fue lo que me sostuvo.

El espacio fue creciendo en otras direcciones a medida que pasaban los años. Los almendros abrieron la puerta a la apicultura, las plantas aromáticas, la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión, porque Teresita atravesó un cáncer mientras seguía el tratamiento médico y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse día a día. Volver a la chacra, después de cada sesión, fue una manera de anclar la cabeza en algo concreto, lejos de los pasillos blancos de los centros de salud.

Cuando la mañana avanza y la neblina se disipa, Teresita vuelve a la tranquera, revisa el riego por goteo y se acomoda el sombrero. Atrás quedan los almendros, el invernadero, los frascos por etiquetar y la historia de una mujer que un día miró un alambrado roto y decidió, en vez de lamentarse, plantar. Hoy, a los 62 años, cosechar almendras en el patio de su casa es para ella mucho más que un emprendimiento: es la prueba de que un terreno lleno de yuyos puede convertirse, con paciencia y oficio, en un pequeño universo donde todavía se aprende algo nuevo cada mañana.

MF

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