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LUN, 28 SEPT 2026
Vida

Queso, yogur y crema en la mesa diaria: cómo leer las grasas saturadas sin entrar en pánico

El nutricionista Rob Hobson repasó qué mirar más allá del número de grasas saturadas: la matriz del alimento, el tamaño de la porción y el lugar que ocupa cada producto en la rutina. Queso, yogur, kéfir, crema, manteca y leche de coco, uno por uno.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 28 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las siete de la tarde y, en la cocina de cualquier casa de Buenos Aires, alguien está cortando un trozo de queso sobre una tabla de madera, mientras en la heladera reposa un pote de yogur natural esperando su turno para la merienda. Es una escena repetida, casi sin pensarla, que sin embargo esconde una pregunta que muchos lectores se llevan haciendo un tiempo: ¿qué hacemos con las grasas saturadas que aparecen en la etiqueta de cada uno de esos productos? La respuesta, según el nutricionista británico Rob Hobson, no pasa por demonizar al nutriente ni por borrarlo de la góndola, sino por aprender a leer el paquete completo.

La matriz del alimento, esa idea que cambia la lectura

Hobson propuso mirar más allá del gramaje de grasas saturadas y detenerse en lo que llama la matriz alimentaria: la estructura en la que esas grasas están inmersas, junto con las proteínas, el calcio y los procesos de elaboración. Esa matriz es la que vuelve distinto a un queso de un postre untuoso, aunque los dos sumen cantidades pareces de grasa en el plato.

En el caso del queso, las proteínas y el calcio forman parte del mismo entramado. Una de las hipótesis que maneja Hobson es que el calcio se une a ciertos ácidos grasos y dificulta su absorción en el intestino, lo que ayudaría a explicar por qué este alimento se comporta de manera diferente a pesar de su contenido graso.

Porciones concretas para dimensionar el aporte

Las cifras, en la versión del nutricionista, sirven para hacerse una idea sin convertir la cocina en un laboratorio. Para él, alcanza con tener en la cabeza algunos números redondos:

  • 30 gramos de queso: entre 5 y 6 gramos de grasas saturadas.
  • Un yogur entero natural de 150 gramos: alrededor de 5 gramos.
  • Un vaso de leche entera de 200 mililitros: algo menos de 5 gramos.
  • Una cucharada de crema: entre 3,5 y 5 gramos, según la variedad.
  • Una cucharada de manteca: cerca de 7,3 gramos.
  • Leche de coco entera: puede superar los 13 gramos cada 100 mililitros.

Queso, yogur y kéfir: qué dijo Hobson para cada uno

Sobre el queso, la recomendación fue casi tranquilizadora: la mayoría de las personas no necesita excluirlo solo por sus grasas saturadas. Sugirió una porción de unos 30 gramos, equivalente a una feta fina o a dos cucharadas colmadas de queso rallado, suficiente para sentir sabor sin pasarse.

Para el yogur, la elección fue el entero, porque conserva la matriz original de la leche. Puede acompañarse con fruta fresca, semillas o frutos secos, una combinación habitual en las mesas argentinas para el desayuno o la merienda.

Con el kéfir, una bebida de leche fermentada con bacterias y levaduras, Hobson aconsejó las versiones naturales y sin azúcar agregada, para conservar tanto los beneficios de la fermentación como el perfil nutricional del producto.

Crema, manteca y leche de coco: los casos que piden mesura

La crema tiene lugar en la mesa, pero en cantidades pequeñas. Hobson la pensó como acompañamiento de un postre o como ingrediente de una salsa, nunca como base principal del plato. La manteca, con sus cerca de 7,3 gramos de grasas saturadas por cucharada, comparte esa lógica: está, se usa, pero se dosifica.

La leche de coco entera merece un párrafo aparte. Su concentración de grasa puede superar los 13 gramos por cada 100 mililitros y, según Hobson, su estructura no es equivalente a la de los lácteos. Para quienes la incorporan con frecuencia, sugirió mirar las versiones reducidas en grasa, sin perder de vista que el cambio de matriz también modifica lo que el cuerpo hace con ella.

En el capítulo de las carnes, el nutricionista distinguió entre los cortes grasos y las opciones magras. Estas últimas aportan proteínas, hierro, zinc y vitamina B12 y, sostuvo, pueden integrar sin problema una alimentación saludable. La elección del corte y el tamaño de la porción siguen siendo, para él, las dos decisiones que más pesan en la lista del super.

Vuelvo a la escena del principio, a esa cocina de las siete de la tarde con la tabla de madera y el pote de yogur en la heladera. La lectura que deja Hobson no pide heroicidades ni renuncias drásticas: pide atención. Mirar el paquete entero, medir la feta de queso, preferir el yogur natural, reservar la crema para el momento justo y entender que la leche de coco, por más vegetal que se presente, se comporta como otra cosa. En definitiva, se trata de volver a la cocina con los mismos productos de siempre, pero con una idea más clara de qué hace cada uno en el cuerpo.

MF

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