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VIE, 25 SEPT 2026
Vida

Microondas y plástico: por qué los toxicólogos aconsejan cambiar de recipiente antes de recalentar la comida

Vidrio o cerámica, a la hora de pasar el resto de ayer por el horno eléctrico. Wells Brambl y Serah Oyewole explican qué se libera del envase cuando sube la temperatura y qué margen hay, en la cocina de cada casa, para reducir esa exposición.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 25 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las doce y media, el reloj de la cocina marca la hora del almuerzo y la puerta del microondas todavía está caliente. Antes de abrirla, la pregunta que sobrevuela a cualquier adulto con apuro es simple: ¿esto lo meto en cualquier recipiente o me detengo un segundo a pensarlo? Lo que parece una pavada doméstica se convirtió, en los últimos años, en una de las recomendaciones más firmes que repiten los toxicólogos que estudian qué le pasa a la comida cuando entra en contacto con el plástico.

El consejo de Wells: cambiar de envase antes de presionar el botón

El toxicólogo Wells Brambl, médico de emergencias del Centro Médico Judío de Long Island de Northwell Health, lo dice sin rodeos: si la comida que uno va a recalentar está todavía en el envase plástico del super o en un tupper que ya pasó por mil lavados, lo mejor que puede hacer una persona en su casa es pasarla a un recipiente de vidrio o cerámica. Esa mudanza chica, que lleva menos de un minuto, es la medida más concreta que él propone para reducir la exposición a partículas que pueden desprenderse del plástico cuando la temperatura sube.

Brambl es consciente de que no siempre hay un bowl de vidrio a mano. Por eso, cuando no queda otra que recurrir al plástico, el especialista sugiere bajar la potencia del microondas al mínimo necesario para templar los alimentos. La idea es clara: cuanto menos calor, menos se favorecen los procesos que hacen que el envase ceda partículas hacia la comida.

Lo que dice Serah sobre las moléculas que vibran

La explicación de fondo la aporta Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist. Para ella, la clave está en lo que pasa adentro del plástico cuando uno lo calienta: el aumento de temperatura hace vibrar las moléculas del material y puede fracturar su estructura de polímeros. Esa fractura abre la puerta a que se liberen fragmentos y aditivos —entre ellos colorantes, antioxidantes y estabilizadores ultravioletas— que terminan pasando al alimento.

““Cuando uno calienta el plástico, las moléculas vibran y la estructura se puede fracturar, y ahí es donde los aditivos y los fragmentos pueden migrar hacia la comida.””Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist
  • Pasar la comida del envase plástico a uno de vidrio o cerámica antes de recalentarla.
  • Si no hay opción, usar el plástico a la potencia mínima del microondas, solo para templar.
  • No confiar ciegamente en la leyenda “apto para microondas”: no garantiza que no haya liberación de partículas.
  • Revisar y reemplazar de a poco utensilios, tapas y esponjas de plástico gastados.
  • Preferir productos con menos envolturas plásticas cuando se pueda elegir.

“Apto para microondas” no es un escudo, y la ciencia todavía no cierra la pregunta

Brambl pone el dedo sobre un punto que confunde a cualquiera que se detiene a leer la base del tupper: la leyenda “apto para microondas” no elimina la posibilidad de que se desprendan microplásticos. Es, dice, una etiqueta que refiere a la seguridad del material para entrar en contacto con alimentos, pero no a la pregunta más amplia que hoy se hacen los investigadores. Oyewole lo resume con una distinción que vale la pena repetir: una cosa es que un envase esté aprobado para almacenar comida, y otra muy distinta es qué pasa en el organismo cuando, con el correr de los años, una persona ingiere de manera habitual esas partículas que se van soltando.

¿Y qué se sabe hasta ahora de sus consecuencias? Brambl es prudente y a la vez claro: la literatura científica ya documentó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el cuerpo humano. Hay datos que muestran asociaciones con procesos inflamatorios, pero él mismo se encarga de marcar el límite de esa afirmación. Una correlación, dice, no prueba que esas partículas sean la causa de nada. Los efectos a largo plazo de la exposición cotidiana siguen bajo investigación, y los toxicólogos son los primeros en pedir que no se saquen conclusiones que la evidencia todavía no sostiene.

Queda, igual, un gesto posible en cada casa. No resuelve el problema de fondo —Brambl reconoce que la contaminación ambiental puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos antes incluso de su procesamiento o envasado—, pero permite achicar una de las fuentes sobre las que uno sí tiene control. Cuando el microondas pita y el plato queda sobre la mesada, lo que uno elige como recipiente vuelve a ser una decisión que, sin ser heroica, deja a la familia un poco más lejos de ese plástico que nadie ve y que, de a poco, la ciencia aprende a medir.

MF

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