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LUN, 05 OCT 2026
Vida

La isla donde una capilla de 1933 todavía se asoma entre los coihues del lago Lácar

En el Parque Nacional Lanín, la isla Santa Teresita guarda una pequeña iglesia de madera que levantaron los trabajadores del aserradero de la estancia Quechuquina. Solo se llega por agua y el recorrido combina navegación, bosque nativo y un tramo del Camino de la Fe neuquino.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 4 min
La isla donde una capilla de 1933 todavía se asoma entre los coihues del lago Lácar

Me subo a la lancha en San Martín de los Andes con la cámara colgando del cuello y el cuello ya envuelto en la bufanda, porque el aire que llega desde el lago Lácar en esta época del año se siente filoso, de esos que te recuerdan por qué la Patagonia no es un destino para improvisar. La embarcación arranca despacio, el motor suena parejo, y al rato ya diviso la silueta verde de la isla Santa Teresita, esa mancha de bosque que aparece pegada a la península Quechuquina como si el lago la hubiera empujado hacia el norte con la paciencia de los siglos.

Lo primero que hay que saber, y conviene grabárselo antes de armar la valija, es que a este lugar se entra únicamente por agua: no hay sendero terrestre, no hay puente, no hay camino vecinal que acerque al visitante. Las excursiones salen desde San Martín de los Andes en lanchas y embarcaciones autorizadas, y después de un rato de navegación se interna uno en un canal de unos 112 metros que separa a la isla de la península. Esa franja angosta de agua, dicen los que la han cruzado mil veces, es como cruzar el umbral de un patio distinto al que uno acaba de dejar en la costanera.

Un bosque que cubre casi toda la isla

La isla mide alrededor de 250 metros de ancho por 375 de largo, y el bosque nativo se queda con cerca del 90 por ciento de esa superficie. Sus costas son rocosas y abruptas, sin playas de arena donde estirar la toalla, y por eso el desembarco se hace con cuidado, saltando entre piedras húmedas y raíces que asoman como nudillos viejos. Entre las especies que más llaman la atención están los coihues, de troncos gruesos y cortezas grisácea, los cipreses que se yerguen con la solemnidad de una columna, los maquis que tejen el sotobosque y los arrayanes, esos de corteza canela que parecen pintados a mano.

La capilla que levantó el aserradero

En el centro de ese escenario verde, casi escondida entre los árboles, se levanta la capilla Santa Teresita, una construcción de madera de 1933 que existe porque los trabajadores del aserradero de la estancia Quechuquina necesitaban un lugar cercano para participar de las ceremonias religiosas. La madera la aportaron los Raguzzi, una de las familias vinculadas al aserradero, y la obra la terminó la familia Van Dorsser, con la ayuda desinteresada de empleados del propio establecimiento y de un carpintero municipal que se sumó por voluntad propia. En cada tabla, en cada viga, queda así el recuerdo de un oficio que sostenía a toda una comunidad.

Con el paso de los años, la capillita dejó de ser solo un anexo del aserradero y se convirtió en punto de encuentro para bautismos, misas y casamientos de familias de la zona. Hoy, además, integra el Camino de la Fe neuquino, un recorrido religioso y turístico que comienza en Ailinco y termina en Villa La Angostura, y que la incluye como una de sus paradas con historia propia.

Lo que hay que tener en cuenta antes de ir

Antes de anotarse en una excursión, vale la pena repasar algunos puntos prácticos que ahorran sorpresas.

  • El acceso es exclusivamente por agua, en lanchas o embarcaciones autorizadas desde San Martín de los Andes.
  • Las costas son rocosas y abruptas, sin playas de arena, por lo que el desembarco requiere calzado firme y algo de cuidado.
  • La isla forma parte del Parque Nacional Lanín, así que está sujeta a las reglas de conservación del área protegida.
  • La capilla Santa Teresita es un bien patrimonial ligado a la historia del aserradero de la estancia Quechuquina, por lo que se pide respetarla como cualquier construcción histórica.
  • El recorrido puede combinarse con otras paradas del lago Lácar y con el resto del Camino de la Fe neuquino.

Vuelvo a la proa de la lancha cuando regresamos, con el pelo revuelto por el viento del lago y la sensación de haber visitado un sitio que no se parece a ningún otro de los que uno suele recomendar. La capilla de 1933 se fue achicando detrás del bosque de coihues hasta quedar apenas como una mancha clara entre el verde, y entendí por qué quienes la conocieron hablan de ella con ese tono cuidadoso, casi de confidencia: es de esos lugares a los que se entra por agua y se terminan llevando adentro mucho después de haber bajado a tierra.

MF

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