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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

La infancia que llega a la consulta con el cuerpo y la historia golpeando: por qué el sistema de salud mental no logra contenerla

Chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencias en silencio y que encuentran servicios desbordados y fragmentados. Un mapa de lo que pasa en consultorios, escuelas y guardias, donde los equipos especializados son cada vez más los que faltan.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las nueve de la mañana y en la sala de espera de un consultorio de salud mental infantojuvenil de la ciudad de Buenos Aires ya hay cuatro familias con el número sacado a las siete. Una nena de nueve años se abraza a un peluche marrón, despintado por los lavados, que todavía conserva el olor a casa. Su mamá le acomoda el pelo sin mirarla, con ese gesto automático de lasmadres que llevan meses sin dormir bien. En la puerta, una psicóloga recibe los turnos y, al mismo tiempo, intenta explicar por qué la primera entrevista se atrasó cuarenta minutos: la profesional anterior no vino porque renunció la semana pasada, y la lista de espera ya supera las trescientas familias.

La escena, que podría repetirse en cualquier hospital público o centro comunitario del conurbano bonaerense, condensa lo que hoy atraviesa la atención de la salud mental de chicas, chicos y adolescentes en la Argentina: una demanda que crece, síntomas que se vuelven más visibles y severos, y una red de profesionales y servicios que, literalmente, no alcanza. Lo que llega a los consultorios, a las guardias y a las aulas no es un diagnóstico aislado, sino una sumatoria de malestares que se cruzan y se potencian.

Violencias que tardan años en encontrar oídos

Las estimaciones de UNICEF son elocuentes y, a la vez, difíciles de leer sin que algo se apriete en el estómago: 1 de cada 8 niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años; entre los varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró a un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse, literalmente, durante toda la vida. A ese mapa se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente, pero que dejan marcas profundas en la manera en que un chico duerme, come, aprende o se vincula con los demás.

Pantallas, apuestas y la soledad como combustible

  • Un cuarto de los adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, según datos de UNICEF, en un fenómeno que dejó de ser excepcional para convertirse en parte del paisaje cotidiano de las aulas y las familias.
  • La exposición a contenidos sexuales no deseados y a materiales que promueven conductas de riesgo es cada vez más temprana y menos filtrada por adultos de referencia.
  • El uso intensivo de pantallas ya no se analiza solo como un hábito: en muchos casos funciona como refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir, una puerta de escape que también puede convertirse en una trampa.

A ese cuadro se suman las cifras que dejaron las pruebas PISA 2025, que funcionaron como una foto adicional del estado de situación: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta, en cambio, en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.

Cuando pedir ayuda se vuelve una carrera de obstáculos

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma agudo, la justicia la infracción, y el chico, en el medio, corre el riesgo de perderse como persona dentro de un circuito de informes, derivaciones e intervenciones que no siempre se articulan entre sí.

Volví a pensar en la nena del peluche marrón mientras terminaba de leer los papeles que sobre el escritorio. Me quedó dando vueltas la idea de que cada uno de esos chicos que llega a un consultorio, a una guardia o a un aula con el cuerpo y la historia golpeando es, al mismo tiempo, la prueba más cruda de un sistema que no está dando respuestas y la señal más clara de que todavía hay personas, dentro de ese mismo sistema, que se empeñan en escuchar. La diferencia, para ellas y para ellos, la hacen esos oídos que, aun desbordados, se quedan un rato más.

MF

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