La discapacidad que se resuelve con épica: por qué la rampa sigue sin existir mientras el exoesqueleto es tendencia
Un periodista ciego y una filósofa de la educación vuelven a poner el foco en lo obvio: la accesibilidad cotidiana importa más que los inventos de alta gama, y el problema es de fondo político antes que técnico.
Cuando una persona cuadripléjica sube una escalera con un exoesqueleto de última generación, la imagen se vuelve viral, se llena de elogios y termina en una portada. La escena tiene algo de cinematográfico: el cuerpo asistiendo al cuerpo, la tecnología como hazaña personal. Pero yo quiero quedarme con lo que no sale en la foto, que es justamente la escalera; esa escalera de todos los días, en un edificio público cualquiera, por la que esa misma persona no podría subir sin la épica del momento.
Lo cuenta Robert, un periodista con discapacidad visual que acaba de publicar un análisis que me parece clave para entender por qué seguimos equivocando el debate. Según su mirada, los dispositivos más costosos y vistosos terminan opacando a las soluciones menos glamorosas pero infinitamente más urgentes: una rampa bien puesta en la entrada de un banco, una puerta que se abra sin esfuerzo, una página web que funcione de verdad con un lector de pantalla. Robert lo dice con una frase que me quedó dando vueltas: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña, lo que necesita es poder ir a la biblioteca del barrio sin pedir permiso ni llamar a nadie.
Cuando la solución se vuelve pretexto para no cambiar el entorno
Acá aparece la otra voz que me interesa traer, la de Liz, filósofa de la educación que acuñó un término muy gráfico: disability dongle, algo así como el “parche tecnológico para la discapacidad”. Ella lo usa para describir esos inventos ingeniosos que nacen de necesidades mal definidas, armadas por gente que nunca se sentó a preguntarle a la persona con discapacidad qué necesita de verdad. En esos lanzamientos relucientes, la persona con discapacidad está en la foto del producto, pero no tuvo incidencia sobre qué se decidió construir, ni puede cuestionar la premisa de la que se partió.
“Diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle de proceso: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.”Liz Jackson, filósofa de la educación
Pienso en los cajeros automáticos: cuántos años de pelea para que hubiera uno accesible a la altura adecuada, con audio y con tiempo extendido. Y pienso en las páginas de los organismos públicos, que en muchos casos siguen siendo un laberinto para quien usa un lector de pantalla. La rampa, la puerta, el sitio web, la boleta electrónica, la aplicación para sacar turnos en el hospital, la cola del banco, la vereda rota, la combi del recorrido escolar, el mostrador de la farmacia. Son objetos de la vida cotidiana, casi invisibles para quien los atraviesa sin pensarlos, y se vuelven murallas para quien no.
- Rampas y entradas accesibles en edificios públicos y privados de uso masivo.
- Puertas que se puedan abrir con una mano, sin fuerza y sin ayuda.
- Sitios web y aplicaciones oficiales compatibles con lectores de pantalla, con subtítulos y con lenguaje claro.
- Transporte público con unidades adaptadas, paradas con información accesible y frecuencias reales, no solo en el papel.
- Atención en salud, bancos y organismos públicos sin formularios ni pasos pensados solo para la franja de usuarios más ágil.
Vuelvo a la escena del principio porque creo que ahí se juega todo. Una persona subiendo una escalera con un exoesqueleto puede ser una noticia hermosa, y no tengo nada en contra de que se celebre. Pero el hecho de que esa misma escalera exista, sin alternativa accesible, en pleno 2025, nos dice algo bastante crudo como sociedad: preferimos el relato de la superación individual a la tarea colectiva de remover barreras. La tecnología espectacular termina funcionando, sin quererlo, como una razón para no asfaltar el camino de todos los días, y eso es lo que me parece más grave.
El planteo de Robert y de Liz, leído desde acá, no es un ataque a la innovación. Es, en todo caso, una invitación a reordenar prioridades: a preguntarnos antes qué es lo cotidiano que todavía exige una hazaña para resolverse, y recién después discutir qué merece una foto en la portada. Mientras la rampa siga siendo un privilegio y la escalera siga siendo el paisaje, vamos a seguir confundiendo lo extraordinario con lo importante, y eso, para una persona con discapacidad, no es un matiz: es la diferencia entre vivir o sobrevivir en una ciudad que dice incluir y, en los hechos, todavía no sabe hacerlo.
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