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MIÉ, 14 OCT 2026
Vida

Herencias que no se borran: cuando la propia infancia reaparece en la crianza de los hijos

El psicólogo especializado en trauma Maxi McCoubrey recorre las huellas más difíciles de identificar —pérdidas silenciadas, vergüenzas heredadas, mandatos familiares— y advierte que ni la repetición ciega ni la reacción opuesta alcanzan para criar distinto. La brújula, dice, es mirar al hijo concreto que se tiene enfrente.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 3 min
Herencias que no se borran: cuando la propia infancia reaparece en la crianza de los hijos

Son pasadas las nueve de la noche y la cocina todavía está encendida. Una madre seca los platos mientras su hijo, arrodillado en una silla, le cuenta una pelea en la escuela. Algo en el tono del chico —un retoque de humor que no viene al caso, una insolencia chica— le hace apretar el repasador. Y antes de pensarlo, ya le salió el mismo reproche que escuchó mil veces del otro lado del mostrador, cuando era ella la que se asomaba por la puerta pidiendo que alguien la escuchara. Esa frase heredada, que todavía le duele cada vez que la pronuncia, es una de las herencias más silenciosas de la crianza: las palabras que juramos no repetir y que, sin saber cómo, se nos escapan.

De esa experiencia habla el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey cuando describe el modo en que la propia infancia se cuela, casi sin aviso, en la vida con los hijos. "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", dice. Esa historia aparece en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar frente a un conflicto, y también en las ideas que circulan en la cocina sobre el esfuerzo, el dinero o el afecto.

Las marcas que más cuesta identificar

McCoubrey aclara que el problema no está en repetir, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin reconocerlo. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa. Las huellas más difíciles de cambiar, explica, no siempre son las más visibles: suelen estar tan incorporadas que durante años ni siquiera se cuestionan.

  • Pérdidas silenciadas: duelos que nunca se nombraron y se siguen transmitiendo como ausencias.
  • Violencias naturalizadas: gritos, castigos o desprecios que se vivieron como "lo normal".
  • Vergüenzas heredadas: la sensación de no ser suficiente, que viaja de padres a hijos.
  • Mandatos generacionales: lo que se esperaba de uno y se vuelve a esperar del hijo.

El denominador común, dice, es la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que la propia historia marcó como aceptable.

Ni copiar ni reaccionar en contra

Quedarse solo en la reacción opuesta tampoco asegura un resultado diferente. McCoubrey advierte que "criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". Una persona que creció con una crianza muy rígida, ilustró, puede terminar convencida de que cualquier frustración del hijo ya es un trauma, y termina por no poner ningún límite.

Para el especialista, la clave no está en encontrar un punto medio matemático, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resume.

Las señales de que la historia propia está interfiriendo

Una pista, dice, es notar reacciones desmedidas en situaciones cotidianas: una bronca que se desborda, una preocupación extrema por cualquier detalle, la necesidad de tener todo bajo control. Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", sugiere McCoubrey, y agrega que ese volver sobre lo hecho, con el hijo, suele ser el primer mojón concreto para criar de un modo distinto al que nos enseñaron.

Volviendo a la cocina de la que partimos: la madre de la escena no llega a terminar la frase heredada. Se detiene en seco, mira al chico y siente que está a dos segundos de repetir el libreto. Esa pausa —que duele, que incomoda, pero que abre una rendija— es, según el especialista, el primer movimiento posible para que la cadena no siga pasando tal cual a la próxima generación.

MF

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