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JUE, 03 SEPT 2026
Vida

Fletcher y Lachie, los amigos que le dieron la espalda al mapa y cargaron al mundo entero

A los 17, un accidente en bicicleta de montaña lo dejó parapléjico. A los pocos años, junto a un compañero del colegio reconvertido en terapeuta, armó una vuelta al mundo en silla de ruedas que incluyó 268 escalones cargados a upa, un safari, un buceo con tiburones y un vuelo en parapente. Una historia que empieza con un ascenso en Hong Kong y termina, también, con un ascenso en Hong Kong.

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Micaela FerreyraSociedad · 3 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las nueve de la mañana en Hong Kong y Lachie Bennett se acomoda la mochila, ajusta los cierres y le hace una seña a su amigo Fletcher Crowley, que lo mira desde la silla de ruedas con una sonrisa de anticipación. Delante de ellos se levanta la escalera que conduce al Gran Buda: 268 escalones que no tienen rampa, ni baranda adaptada, ni una salida amable para alguien que puede ponerse de pie y caminar apenas unos pasos antes de que el cuerpo le pase la factura del esfuerzo. Lachie se agacha, se coloca a Fletcher sobre la espalda y empieza a subir peldaño por peldaño, mientras el calor húmedo de la isla se pega como una segunda piel. Arriba los espera una estatua de más de veinte metros y, según contaron después, lo que ambos describieron como "un momento surrealista": la sensación de haber vencido una montaña chica que para cualquier otro sería apenas una postal turística.

Una cena de turno nocturno y un descubrimiento compartido

Para entender por qué dos australianos terminan cargándose mutuamente por cuatro continentes hay que retroceder hasta un comedor de hospital. Fletcher y Lachie se conocían de paso del colegio, pero la amistad se rearmó de verdad cuando Lachie empezó a trabajar como terapeuta en un centro de recuperación para personas con lesiones medulares, justo el lugar donde Fletcher hacía su rehabilitación tras el accidente en bicicleta de montaña que, a los 17 años, le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Fue durante una cena del turno nocturno cuando empezaron a hablar de música, de moda, de gente nueva, de viajes. Y apareció algo más íntimo que los unía: los dos habían lidiado con episodios de ansiedad y habían aprendido a manejarlos. Esa coincidencia, más que cualquier plan, fue la que les dio la base para lanzarse a lo que viniera.

Fletcher puede pararse y dar unos pasos cortos, pero el esfuerzo lo agota enseguida. Lo dice él mismo, sin dramatismo, como quien describe una limitación práctica con la misma naturalidad con la que enumera las ciudades que quiere visitar. Esa mezcla de autoconciencia y ganas es, en buena medida, lo que define el tono de toda la historia.

De una escapada de dos semanas a una vuelta al mundo en tres meses

El viaje grande empezó casi sin querer. La idea original era tomarse dos semanas y desconectar. Pero apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas y, según cuentan, la compraron sin pensarlo demasiado. Lo que arrancó como una salida corta se transformó en un itinerario de tres meses por Europa, Asia, África y América del Sur, con paradas en Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Un mapa tan ambicioso como desordenado, hecho de ofertas de último momento y de conversaciones a la madrugada.

  • Hong Kong: Lachie cargó a Fletcher en la espalda los 268 escalones hasta el Gran Buda.
  • Suiza: una familia que los seguía en redes sociales los invitó a quedarse en su casa y los alojó sin conocerlos en persona.
  • Cerca de Niza, Francia: durmieron una noche en una capilla del siglo X y se alojaron en la granja de ovejas de un conocido.
  • Brasil: recorrieron la selva en cuatriciclo.
  • Sudáfrica: hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente.

La logística, claro, no siempre fue una postal. Algunos lugares directamente no estaban preparados para una silla de ruedas y hubo que improvisar rutas alternativas o, llegado el caso, resolver a la antigua: con Lachie cargando a Fletcher a cuestas. "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione", explican ellos, con una frase que parece sacada de un manual de supervivencia pero que, en la práctica, también funciona como lema de vida. Su versión condensada, la que repiten en cada entrevista, es todavía más directa: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos".

Cómo se financió una aventura que no entraba en la planilla

Al principio, la vuelta al mundo se sostuvo con ahorros propios y con la buena voluntad de conocidos que les tendían un colchón o una habitación. Cuando empezaron a publicar videos del viaje, la respuesta fue tan grande que se animaron a lanzar una campaña de micromecenazgo. Lo que empezó como un modo de cubrir gastos se transformó en el margen que les permitió ser más espontáneos: elegir un destino sobre la marcha, quedarse unos días más en un pueblo que les gustó, o aceptar la invitación de esa familia suiza que los terminó alojando en su casa.

Volvemos a Hong Kong, a la escalera del Gran Buda, a Lachie ajustándose la mochila y a Fletcher asomado sobre su hombro. Es el mismo lugar donde empezó esta crónica y es, también, la mejor imagen para entender lo que estos dos vienen a contar: que la accesibilidad no es un sinónimo de rampa instalada, sino una decisión de moverse igual. Una silla de ruedas, dos mochilas, una cámara y un mapa abierto: la fórmula con la que Fletcher Crowley y Lachie Bennett se empeñan en demostrar que, cuando el cuerpo se cansa, lo que sostiene el viaje es la espalda del amigo.

MF

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