Cuidar y no poder parar: la sobrecarga que detectaron en casi la mitad de los cuidadores principales
Una encuesta de la Universidad Austral sobre 1.028 personas reveló que el 60% de quienes cuidan a un familiar presenta algún grado de sobrecarga, con un fuerte impacto en el descanso, los proyectos personales y el empleo. Las mujeres aparecen como las más afectadas y la investigación advierte sobre la calidad, no solo la presencia, del apoyo.
La pava empieza a silbar a las seis de la tarde y, antes de que termine de cortar el fuego, ya hay un llamado pendiente, un medicamento por recordar y una historia clínica perdida entre los papeles del comedor. En la Argentina, cuidar a un familiar muchas veces empieza en la cocina y termina a la madrugada, sin horario y sin red. Una encuesta reciente de la Universidad Austral puso números a esa rutina y mostró que la sobrecarga no es una excepción: seis de cada diez cuidadores principales presentan algún grado de desgaste, y en el 40,8% de los casos ese desgaste es intenso, un nivel que los propios investigadores consideran que requiere intervención.
El relevamiento se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años de todo el país. Una de cada cinco, el 20,4%, dijo que cuidaba a un familiar. Dentro de ese grupo, las mujeres se hicieron cargo del rol principal en el 60,6% de los casos y los varones, en el 44,4%. La diferencia, de por sí, ya adelanta el resto del cuadro: cuando se preguntó si la tarea les impedía descansar lo suficiente, el 54% de las mujeres respondió que sí, mientras que entre los varones la cifra bajó al 30%. En cuanto a los proyectos personales postergados, la brecha fue todavía mayor: 44% contra 10%.
La escala de Zarit y el peso de “tener ayuda”
Para medir el impacto, los investigadores aplicaron la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa en el mundo entero para evaluar la sobrecarga del cuidador, a 120 responsables principales. El resultado más comentado fue que tener apoyo no alcanza: la proporción de sobrecarga intensa fue del 40% tanto entre quienes dijeron recibir ayuda como entre quienes dijeron no tenerla. La frase que eligió el informe para explicarlo es directa: “importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia”. Para profundizarlo, el trabajo desglosó el acompañamiento en tres dimensiones: la afectiva, la informacional y la operativa, es decir, desde el cariño y la escucha hasta el asesoramiento concreto y las manos que se suman en el día a día.
Elena, una de las cuidadoras relevadas, lo resume con una imagen que se repite en las mesas familiares: “Cuando me preguntan si tengo ayuda, digo que sí, porque mi hermana me llama. Pero después soy yo la que va al médico, la que compra los pañales, la que duerme pendiente del ruido. La ayuda de verdad es otra cosa”. Esa brecha entre el acompañamiento simbólico y el real aparece como una de las claves del informe.
Trabajar, además de cuidar, y los derechos que no llegan
- El 75% de los cuidadores encuestados realizaba, además, un trabajo remunerado.
- El acceso promedio a licencias y prestaciones (maternidad, paternidad, enfermedad familiar, eventos familiares y guardería) fue del 53,7% entre los trabajadores formales.
- Entre los informales, ese acceso bajó al 17,1%.
- Entre los independientes, apenas alcanzó el 9,5%.
- La brecha muestra cómo la protección legal disponible depende, en gran parte, del tipo de contratación.
En la Argentina, compatibilizar el empleo con el cuidado suele resolverse con horas que se restan del sueño o del tiempo propio. El dato sobre licencias termina de explicarlo: casi la mitad de los cuidadores formales carece de alguna de las herramientas contempladas, y la situación se vuelve casi intransitable para quienes trabajan sin registro o de manera autónoma.
Lo que también se gana, sin que eso borre el costo
El informe, sin embargo, no se quedó en el costado oscuro. El 95,7% de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea. Los más mencionados fueron el afecto recíproco, los momentos compartidos y los avances logrados por la persona cuidada. En otras palabras, cuidar también deja huella positiva, aunque conviva con el agotamiento, la falta de sueño y la sensación constante de no llegar a todo.
Vuelvo a la cocina de las seis de la tarde, a la pava que ya dejó de silbar y a la mesa llena de papeles. La encuesta de la Austral no vino a medir intenciones, sino efectos: puso en cifras una realidad que miles de familias argentinas viven a diario, y dejó dos mensajes que conviene tener a mano. Primero, que cuidar es una tarea que también se mide en descanso perdido y proyectos suspendidos, sobre todo para las mujeres. Segundo, que no alcanza con decir que se ayuda: hacen falta redes afectivas, información concreta y apoyo operativo, y hacen falta, sobre todo, políticas laborales que no obliguen a elegir entre el trabajo y un familiar que necesita acompañamiento.
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