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VIE, 25 SEPT 2026
Vida

Cuando la mochila pesa más en casa: cómo acompañar a los chicos cuando el colegio se vuelve una carga

La presión por las tareas y las calificaciones puede atravesar la puerta del aula y expresarse en cambios de humor, dificultades de conducta o síntomas físicos. La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, propone ordenar las obligaciones, sostener el descanso y los vínculos presenciales, y recuerda que los adultos también necesitan una pausa antes de reaccionar.

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Micaela FerreyraSociedad · 25 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las siete y media de la tarde y, en la cocina, la heladera zumba como cada noche mientras Martina, once años, se sienta en la mesa con la mochila todavía colgada de una sola hombro. Abre el cuaderno, mira el celular por encima del papel y, antes de escribir la primera palabra, ya suspira. No es una escena excepcional: es la postal que, según la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, se repite en miles de hogares cuando el colegio empieza a vivirse como una carga que se arrastra hasta la cena.

Para Albers, hablar de estrés escolar no es hablar de una "dificultad moderna" ni de una moda de padres ansiosos: es reconocer que la presión por las tareas, las calificaciones y las expectativas puede instalarse en el cuerpo y en el ánimo de los estudiantes mucho después de que suena el timbre de salida, y que esa sobrecarga suele leerse, en la casa, como mal humor, rebeldía o cansancio inexplicable.

Cómo se nota el estrés cuando ya no estás en el aula

La especialista advierte que la presión del colegio no siempre se dice con palabras; muchas veces se cuela en el hogar a través de variaciones del ánimo, dificultades de conducta y molestias físicas, desde cefaleas recurrentes hasta problemas de sueño o de alimentación. A las tareas y a las expectativas académicas se suman las comparaciones en redes sociales y los mensajes que mantienen al estudiante conectado con las demandas escolares incluso en los horarios en los que, en otra época, la escuela se terminaba.

“Si quien cuida también está estresado, puede mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y busca ayuda. Eso, para un chico, es un modelo mucho más potente que cualquier discurso.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic

Por qué el cuerpo y la memoria se cansan

Albers distingue entre una exigencia que puede funcionar como motor y una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado prolongada. Cuando lo segundo se vuelve costumbre, el organismo dispone de menos oportunidades para recuperarse y, al mismo tiempo, la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que se necesita en el momento para manipular información, lo que dificulta recuperar lo aprendido y sostener el rendimiento. Explicar esa relación, dice la psicóloga, puede ayudar a que el estudiante entienda por qué cuidar el bienestar no es un premio extra: también es una manera de rendir mejor.

Ordenar el día para que la mochila pese menos

  • Revisar qué requiere resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o, directamente, quitarse del menú del día.
  • Separar la obligación prioritaria en acciones más pequeñas: una demanda que parecía imposible se transforma en pasos manejables.
  • Sostener horarios de descanso y de comidas, porque el cuerpo necesita regularidad para tolerar la presión.
  • Pensar actividades alternativas al scroll infinito: arte, lectura en papel, meditación o simplemente una caminada sin pantalla.
  • Garantizar tiempo de vínculo presencial con amigos y familia, lejos de la lógica permanente de la evaluación.

El tiempo libre, subraya Albers, merece la misma atención que el tiempo de estudio: las redes pueden prolongar la sensación de estar bajo evaluación incluso cuando el cuaderno ya está cerrado, y por eso propone reemplazar el desplazamiento continuo por publicaciones por actividades que permitan volver al presente, como dibujar, cocinar algo simple o escuchar música sin auriculares en la mesa familiar.

Los adultos también necesitan una pausa

El acompañamiento, dice la psicóloga, empieza por quienes rodean al estudiante: hacer una pausa antes de reaccionar frente a un mal humor o un portazo, mostrar que es posible pedir ayuda sin perder autoridad, y aceptar que no toda exigencia de la agenda es igualmente urgente. La red de adultos de confianza —una tía, una vecina, un entrenador, una docente— puede sostener al joven cuando las obligaciones lo sobrepasan, siempre que esos adultos también puedan manejar sus propias emociones. Si quien cuida está estresado, reconoce Albers, mostrar cómo se trabaja sobre esa dificultad y cómo se busca ayuda termina siendo, para un chico, un modelo mucho más potente que cualquier sermón.

Vuelvo a la cocina de las siete y media: Martina deja el celular boca abajo, se sirve un vaso de agua y, antes de abrir el cuaderno, mira a su madre como pidiendo permiso para empezar. No hay fórmula mágica, dice Albers, pero sí una certeza simple: cuando en la casa se respira un poco más despacio, la mochila, muchas veces, empieza a pesar un poco menos.

MF

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