La Estrella Noticias
 Buscar
Dólar oficial $1.535,00 +0,33%Dólar blue $1.545,00 0,00%Dólar MEP $1.532,20 +0,12%Riesgo país 491 pb -0,61%
JUE, 10 SEPT 2026
Vida

Cuando la cámara manda: así se reconfiguró el refugio de los adolescentes

Las redes sociales transformaron el cuarto en un set: paredes neutras, camas impecables y luces que sustituyen a los pósteres. Especialistas consultados describen cómo la intimidad pierde terreno frente a la mirada de una audiencia que casi nunca se apaga.

MF
Micaela FerreyraSociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Entro al cuarto de Luana, de diecisiete años, y lo primero que me llama la atención no es lo que hay sino lo que falta. No hay revistas pegadas con cinta, no hay ropa apilada sobre la silla de escritorio, no hay ese diario íntimo a medio esconder entre los libros. En su lugar, una pared color arena, una cama prolijamente tendida con un cubrecama color crudo y una tira de luces LED que recorre el techo como si fuera un reflector de estudio. Una planta de plástico, un par de peluches ordenados por tamaño y nada más. Es un espacio limpio, armonioso y, por momentos, ligeramente irreal, como sacado de un catálogo. Luana me lo confirma con una frase que se repite en distintas versiones en muchas casas de Lanús, de Quilmes y de Morón: "Si subo un video o si en cualquier momento agarro el celular para mostrar algo, todo tiene que estar presentable. No quiero que se vea mal atrás". Esa sencilla explicación condensa una de las transformaciones más silenciosas y a la vez más profundas del modo en que los adolescentes habitan su propio espacio, y tiene consecuencias que van bastante más allá de la decoración.

Quien se crió entre los años ochenta y los noventa recuerda un paisaje muy distinto. Pósteres de bandas arrancados de páginas de música, fotos recortadas de revistas pegadas con Plasticola, un póster de un filme de terror a medio despegar, la camiseta del seleccionado sobre la lámpara y el inconfundible aroma a cuarto habitado. Eran habitaciones que delataban a su dueño en cada esquina, que acumulaban capas de identidad como un collage en construcción. El sociólogo Erving Goffman, hace ya varias décadas, describió la diferencia entre el "frente de escena", el escenario donde sostenemos una imagen para los demás, y el espacio íntimo, donde el personaje descansa, se equivoca y ensaya ser quien todavía no es. La habitación adolescente fue, durante mucho tiempo, ese segundo espacio por excelencia: un laboratorio privado donde se podía cerrar la puerta y suspender, aunque más no fuera por unas horas, la mirada de los otros.

Un cuarto con paredes de cristal

Ese pacto se rompió. La escritora Sithara Ranasinghe, citada en distintos análisis sobre cultura digital, lo describe con una imagen que resulta incómoda por lo precisa: una habitación con paredes de cristal, donde la frontera entre escenario e intimidad se vuelve porosa. Lo que ocurre en las casas de Luana y de miles de adolescentes argentinos no es únicamente un cambio estético. Es el desplazamiento de una función histórica del cuarto: dejó de ser un refugio para la experimentación privada y se transformó, cada vez con más frecuencia, en un decorado permanente que responde a criterios que ya no fija la familia ni el propio adolescente, sino una audiencia difusa, distante y muchas veces invisible.

El dato clave, y el que más inquieta a quienes estudian el tema, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. Basta con la conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado, capturado y compartido para que la conducta se modifique: se inhibe la espontaneidad, se desalienta el desorden y se empuja, casi sin pensarlo, hacia la estandarización. Luana me lo dice sin dramatizar: "No es que piense todo el tiempo que me están mirando. Es más como una costumbre, como cuando te ponés la cama prolija antes de salir, no importa a dónde vayas". Esa costumbre, que parece menor, reorganiza prioridades: lo que queda a la vista se vuelve legible y, en consecuencia, se vuelve motivo de juicio.

“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente.”Micaela Ferreyra

Antes de irme, le pregunto a Luana qué fue lo último que despegó de la pared. Me mira entre divertida y sorprendida y tarda en contestar. "No me acuerdo", dice. Después agrega: "Capaz que fue un afiche, pero ya ni me acuerdo cuál. Lo saqué porque el día que lo filmé se notaba el borde levantado y no quedaba bien". La imagen se repite en otros cuartos, en otras ciudades. La habitación dejó de ser el refugio caótico y personal de otras décadas y empezó a parecerse cada vez más a un set de grabación a la espera de un próximo plano. La transformación es silenciosa y, por eso mismo, merece que le prestemos atención: lo que se rediseña no es solo un espacio físico, sino la posibilidad misma de tener un lugar donde equivocarse a salvo de la mirada ajena. ¿Lo notás así en los cuartos de los adolescentes que conocés? Te leo en los comentarios.

MF

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo