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LUN, 12 OCT 2026
Vida

Una semana bajo el agua: cómo Neuquén respira entre cunetas, motobombas y llamados al 103

Siete días de lluvia, cuadrillas en la calle, dos líneas telefónicas abiertas todo el día y un sistema de drenaje que, según el municipio, está dando resultados en el centro mientras la Meseta y Valentina Norte siguen esperando que la tierra se seque.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 5 min
Una semana bajo el agua: cómo Neuquén respira entre cunetas, motobombas y llamados al 103

Son las seis de la tarde en Neuquén y la lluvia vuelve a caer, fina pero insistente, sobre el asfalto brillante de la avenida Argentina. Un empleado municipal corre una rejilla con la punta de una pala; más allá, una vecina se asoma al balcón y mira la esquina donde ayer se acumuló medio metro de agua. Hace exactamente siete días que esta ciudad vive mojada, y el ritmo de la rutina cambió: las mochilas de los chicos ya no se preparan sin chequear el pronóstico, los comerciantes del Bajo revisan la cámara del celular por si el agua vuelve a entrar, y en las casas de la Meseta las botas de goma se mudaron definitivamente al lado de la puerta.

Un operativo que se monta en caliente

Apenas se activó la primera alerta meteorológica, el municipio desplegó un esquema de emergencia que puso a trabajar juntas a áreas que normalmente funcionan por separado. Defensa Civil, Limpieza Urbana, Espacios Verdes, Mantenimiento Vial e Infraestructura comparten desde entonces un mapa común de reclamos y prioridades, y sus cuadrillas —camiones, palas, motobombas, equipos Vactor— se reparten la ciudad por turnos, porque la lluvia no avisa cuándo se toma un recreo.

Francisco Baggio, subsecretario de Medio Ambiente y Protección Ciudadana, me explica los números con los que trabaja el sistema: la infraestructura de drenaje de la ciudad está calculada para absorber entre 15 y 20 milímetros diarios sin que el agua se transforme en un problema serio en las zonas más pobladas. Esa tolerancia, dice Baggio, se puso a prueba esta semana y, según la lectura que hacen en el municipio, pasó el examen en el casco céntrico, donde las calles escurrieron con una velocidad que sorprendió a más de un comerciante viejo del barrio.

La Mosconi, el Bajo y una obra que llegó a tiempo

El punto donde más se miró durante estos siete días fue la avenida Mosconi. La renovación reciente del sistema pluvial de ese corredor cambió la fisonomía del Bajo, esa zona que durante años padeció cortes de tránsito y locales comerciales inundados cada vez que el agua bajaba desde la meseta. Las colectoras nuevas conectadas a la Mosconi derivaron el caudal hacia los ductos principales con una velocidad que, según la evaluación oficial, permitió esquivar la escena de siempre: el agua acumulada sobre la calzada, los negocios cerrando sus puertas metálicas a las apuradas y los autos buscando rutas alternativas.

El trabajo, claro, no fue mágico. En la intersección de Chubut y Santa Cruz hubo que sacar con equipos Vactor —esos camiones que parecen aspiradoras gigantes— sedimentos y restos de obra que habían angostado la capacidad de captación del pluvial. Desobstruir rejillas, limpiar bocas de tormenta y mantener los ductos principales fue la rutina diaria de las cuadrillas durante toda la semana, y la siguen siendo mientras el cielo siga descargando.

Dos colectores, un río y una laguna que salva a los barrios del sur

Toda el agua que la ciudad escurre termina en alguno de los dos colectores principales: el arroyo Durán y el canal Villa María, que descargan el agua en el río Limay. Cuando el Limay se pone caprichoso y sube su nivel, al municipio le queda un recurso clave: las lagunas de atenuación del barrio 127 Hectáreas, un predio de más de nueve hectáreas que funciona como una esponja reguladora, absorbiendo el excedente para bajar el nivel del arroyo y acelerar el drenaje en los barrios del sur. Es un mecanismo invisible para la mayoría de los vecinos, pero decisivo en jornadas como esta.

La Meseta y Valentina Norte: donde la lluvia es otra cosa

En las calles de tierra, el problema cambia de forma. Sin cordón cuneta y sin asfalto, la Meseta y Valentina Norte quedan a merced del barro, y las máquinas pesadas no pueden entrar a hacer lo que saben hacer. Allí las cuadrillas trabajan con motobombas, achicando el agua estancada charco por charco para garantizar que los vecinos puedan salir a hacer compras, llevar a los chicos a la escuela o tomar el colectivo. La nivelación y la reparación definitiva de las calles —el relleno con material, el emparejamiento del suelo— van a tener que esperar a que la tierra esté firme, porque intervenir ahora sería, en el mejor de los casos, tirar el esfuerzo a la cuneta.

Cómo reportar un anegamiento y qué esperar del resto de la semana

  • Llamar al 103 (Defensa Civil) o al 147 (atención al vecino): ambas líneas funcionan las 24 horas, todos los días de la semana, y derivan el reclamo al área que corresponda según la zona y el tipo de problema.
  • Tener a mano la dirección exacta, una referencia visual (un comercio cercano, una escuela, una parada de colectivo) y, si es posible, una foto reciente del anegamiento, porque ayuda a dimensionar la urgencia.
  • Consultar el pronóstico antes de salir: se esperan lluvias variables hasta el viernes, con probabilidad de tormentas puntuales, así que conviene reorganizar trámites y traslados en función del parte diario.
  • En las zonas de tierra, evitar circular con vehículos livianos después de lluvias fuertes: el barro traba las ruedas y muchas veces termina empeorando el deterioro de la calle.
  • Si el agua ingresa a la vivienda, cortar la energía eléctrica en el tablero general y no intentar desagotar por cuenta propia si hay riesgo de contacto con cables o cámaras sépticas desbordadas.

Afuera, mientras tanto, la lluvia sigue. En la esquina de la avenida Argentina, el empleado municipal terminó de correr la rejilla y se apoya un momento en la pala; la vecina del balcón vuelve a entrar y deja la puerta entreabierta, atenta al ruido del agua en la cuneta. La semana no terminó, el cielo todavía no se decide, y Neuquén —entre motobombas, llamados al 103 y un río Limay que mira de reojo cada milímetro que sube— sigue haciendo lo que mejor sabe hacer cuando llueve siete días seguidos: aguantar, organizarse y esperar la próxima mañana con las botas ya puestas.

MF

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