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DOM, 11 OCT 2026
Vida

Una pareja, dos sueldos y una chacra que se sostiene a pulmón en Centenario

Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron en la puerta de un colegio, descubrieron que los dos venían de familias chacareras y decidieron volver a vivir como habían crecido. Tres años después de mudarse a las tres hectáreas que Silvana heredó de su padre, crían animales, siembran alfalfa y construyen de a poco lo que quieren dejar a sus hijos.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 4 min
Una pareja, dos sueldos y una chacra que se sostiene a pulmón en Centenario

Son las siete y pico de la tarde y la puerta de la casa de la calle 9 se abre y se cierra varias veces, porque a esa hora ya bajaron del colectivo los que trabajan en la ciudad y hay que empezar a repartir tareas. En el fondo, una cortina de olivillos separa la galería del monte que la misma tierra fue armando con los años, mientras que adelante, cerca del alambrado, se escucha el canto de las gallinas y el runrún de la incubadora artesanal que armó Lucas, el hijo menor, con sus propias manos.

Adentro, mientras prepara un mate y acomoda los papeles del colegio sobre la mesa, Silvana cuenta que la decisión de volver a la chacra no fue un arranque ni una ocurrencia de cuarentena, sino algo que arrastraban desde hace casi dos décadas, desde aquella puerta de colegio donde se cruzaron por primera vez y se dieron cuenta de que los dos habían crecido entre acequias, animales y mesas largas en la zona de Centenario y Vista Alegre.

Un reencuentro que empezó en la vereda

Silvana y Jorge se conocen desde hace 19 años, cuando sus familias coincidían en la puerta de un establecimiento educativo y empezaron a charlar mientras esperaban a sus hijos. "Bastó una charla para descubrir que los dos habíamos crecido entre acequias, animales y mesas largas. Los dos veníamos de familias que habían trabajado la tierra y los dos queríamos volver a eso", resume ella, que lleva casi veinte años como secretaria en una escuela técnica.

Jorge es empleado en el área de educación de la zona. Los dos cumplen horario, los dos viajan, y a la tarde y los fines de semana se calzan las botas para atender la tierra. Durante años fueron juntando materiales con lo que iba sobrando de los sueldos: bolsas de cemento, hierros, ladrillos comprados de a poco, cuando se podía. Hasta que hace tres años se animaron y se mudaron a las tres hectáreas que el padre de Silvana, Ricardo, le dejó al morir, en el límite justo donde los dos municipios se tocan.

La diferencia con la generación anterior

“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés. Lo hacemos a pulmón los tres.”Silvana Aiello

La frase sintetiza lo que cambió en la chacra: si antes la tierra era la que mantenía a la familia, hoy son los sueldos de Silvana y Jorge los que pagan el forraje, los animales y la mano de obra necesaria para que el campo no se caiga. "Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", cuenta ella, con la misma calma con la que acomodó los útiles del colegio sobre la mesa antes de salir a revisar los bebederos.

Lo que hay hoy en las tres hectáreas

  • Alfalfa sembrada por la pareja para alimentar a los animales.
  • Gallinas ponedoras, pollos parrilleros y conejos, varios criados por Lucas.
  • Una incubadora artesanal armada por el hijo menor, de 17 años, con materiales que fueron juntando en la casa.
  • Un tractor viejo que a veces no arranca y espera en un costado del campo.
  • Restos de lo que alguna vez fue una chacra de manzanos y perales del padre de Silvana, hoy convertidos en un monte de olivillo y humedal que la tierra fue formando sola cuando nadie podía trabajarla.

Los proyectos que ya están en marcha

Lucas estudia para técnico mecánico pero no se queda quieto: el año pasado crió 600 pollos parrilleros, agregó gallinas y conejos, y armó su propia incubadora. Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria y quedarse en la chacra. Jorge, en tanto, ya tiene en la cabeza plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo, mientras que Silvana va tejiendo los números para que la ecuación cierre sin tener que abandonar la escuela.

La historia empieza mucho antes: el bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con 12 años, alrededor de 1920; el abuelo empezó a trabajarla y el padre de ella la sostuvo hasta que pudo. Hoy, sobre esa misma tierra, Silvana y Jorge escriben su propia versión de la chacra, con horarios de oficina, fines de semana en el gallinero y la certeza de que lo que están construyendo es, sobre todo, para sus hijos. Cuando la noche cae sobre Centenario y la cocina queda en silencio, la puerta de la calle 9 se abre y se cierra una vez más, y afuera, como siempre, los animales están esperando.

MF

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