Roseti 93: el rincón de Chacarita donde el vinilo todavía se impone al celular
En un galpón de 540 metros cuadrados, el DJ y productor Gonzalo Solimano armó una usina de escucha analógica que este domingo cierra la octava edición porteña del festival MUTEK. Entre parlantes de los años cincuenta, sesiones de house y álbumes enteros sonados sin interrupciones, una idea simple vuelve a ganar terreno: la música también se mira con los oídos.
Son las siete de la tarde en Roseti 93, pleno corazón de Chacarita, y en el fondo del predio ya se escuchan los primeros graves de una prueba de sonido. Hay un detalle que llama la atención apenas uno cruza la puerta: casi nadie tiene el teléfono en la mano. Hay quienes se inclinan sobre la consola como si ajustaran un instrumento delicado, hay otros que acomodan cajas de vinilo sobre una mesa larga de madera, y unos cuantos simplemente se quedan de pie, mirando hacia los parlantes como quien espera que algo empiece. Esa escena, tan rara en la Buenos Aires de las notificaciones permanentes, es la que Gonzalo Solimano viene construyendo desde hace una década en su Artlab, el espacio que este domingo cierra la octava edición local del festival canadiense MUTEK.
Una colección de parlantes que viajaron desde un cine
Lo primero que uno ve al entrar al galpón de 540 metros cuadrados son ocho torres de madera oscura coronadas por bocinas metálicas curvadas, idénticas entre sí. Son sistemas Altec modelo A7, fabricados en 1954, y Solimano fue armando la colección a lo largo de los años porque, según me cuenta, estaba convencido de que tenían que venir de alguna sala emblemática de Buenos Aires. “Hay indicios de que vienen de un cine porteño muy conocido, pero todavía no lo pude comprobar del todo”, reconoce el DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, sentado en uno de los sillones tapizados en pana que dan al patio interno. Esa búsqueda detectivesca es parte de lo que sostiene la mística del lugar: cada vez que aparece una caja con el logo de Altec, la conversación entre los habituales se enciende como si se hubiera encontrado un tesoro.
Audiófilos y Círculo de Sonido, los dos rituales
El corazón de Artlab late al ritmo de dos ciclos que se repiten semana a semana. El primero se llama Audiófilos y tiene una regla casi monástica: se escucha un álbum entero, de principio a fin, en silencio y sin pantallas. Del estante sale de todo: desde Miles Davis hasta Pink Floyd, pasando por Invisible o Massive Attack, y el soporte elegido —vinilo, CD o un archivo lossless guardado en un disco rígido— depende de qué formato rinde mejor para cada obra. El segundo ciclo se llama Círculo de Sonido y es justo lo contrario: una sesión bailable de house donde Solimano y otros DJs se relevan en la consola hasta que el cuerpo dice basta. Entre un ritual y el otro, el espacio funciona como una usina de música electrónica y arte audiovisual, con propuestas de jazz y exhibiciones visuales que van y vienen, aunque la electrónica en sus variantes siga siendo el eje principal de la casa.
MUTEK: la experimental baja al galpón
Este domingo, en tanto, Artlab recibe el cierre de la octava edición porteña del MUTEK, un festival nacido en Montreal en el año 2000 y que Solimano trajo al país en 2018. La propuesta se mueve lejos del festival electrónico masivo al que uno está acostumbrado: apunta a la música experimental, al cruce con el arte audiovisual y a las nuevas tecnologías, y suele convocar a un público curioso que entra al galpón sin saber bien con qué se va a encontrar. Para los que todavía no cruzaron la puerta, la dirección es Roseti 93, Chacarita, y la invitación es la misma de siempre: dejar el teléfono en el bolsillo y dejarse llevar por lo que sale de esos parlantes de más de setenta años.
El regreso del objeto físico, según Solimano
Lo que más me llamó la atención de la charla con Gonzalo fue algo que repite cada vez que puede y que, me animo a decir, resume el espíritu de Artlab: la idea de que la música volvió a necesitar un cuerpo. “Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música”, dice Solimano, mientras acomoda con cuidado una caja de fundas cuadradas de vinilo sobre una repisa baja. El revival del vinilo es conocido, pero él observa además algo más inesperado: un interés creciente por el CD, ese formato que durante años fue el patito feo de la colección familiar y que ahora, dice, vuelve a asomar entre los más jóvenes. A su lado, sobre una bandeja de madera laqueada, descansa un mazo de CDs en fundas de plástico —“los que nadie quería”, apunta con una sonrisa—, como prueba material de que la moda, a veces, da revancha.
Inteligencia artificial: herramienta, no reemplazo
Antes de despedirnos, le pregunto a Gonzalo qué piensa sobre la irrupción de la inteligencia artificial en la música, un tema que divide aguas en el ambiente. Su respuesta es bastante clara y, me parece, ordena el debate: “Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos.” Se nota que es una postura pensada, no un slogan de ocasión: insiste en que la tecnología debe estar al servicio del proceso creativo y no al revés, una filosofía que en el fondo es la misma que lo llevó a restaurar aquellos parlantes Altec en lugar de comprar un equipo nuevo. La pregunta queda flotando, mientras afuera, en Roseti al 93, ya empieza a caer la noche de Chacarita y los primeros parroquianos se acercan a la puerta con la expectativa de siempre: pasar la noche mirando la música con los oídos, y nada más.
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