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MAR, 13 OCT 2026
Vida

Lactosa en la mesa grande: cuando el vaso de leche deja de sentar bien

La enzima que digiere el azúcar de la leche se produce menos con los años y el cuerpo empieza a avisar con hinchazón, gases y dolor abdominal. Especialistas explican cómo identificar el problema, qué alternativas hay y por qué no conviene dejar los lácteos por cuenta propia sin una consulta médica.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 4 min
Lactosa en la mesa grande: cuando el vaso de leche deja de sentar bien

Son las nueve de la noche en una cocina cualquiera de Buenos Aires. Sobre la mesa todavía humea una taza de café con leche, y en la heladera descansa un paquete de queso cremoso a medio usar. Para mucha gente esa escena no tiene nada de raro, pero para un número creciente de adultos argentinos se volvió una pequeña trampa: después de años de tomar leche sin chistar, el cuerpo empezó a pasarles factura con la panza hinchada, los gases y esas idas al baño que llegan a destiempo. La explicación, me cuenta la nutricionista Florencia, es bastante más simple de lo que parece y tiene un nombre conocido: intolerancia a la lactosa.

Lo que sucede, me explica Florencia mientras revuelve un termo con mate cocido, es que el intestino delgado fabrica una enzima llamada lactasa, que es la encargada de cortar en pedacitos chicos el azúcar natural de la leche para que el cuerpo la pueda absorber. De chicos la producimos en cantidad, porque la leche es el primer alimento, pero a medida que pasan los años esa producción empieza a bajar, y lo que era una digestión automática se vuelve un trabajo a medias. La lactosa que no se llega a descomponer sigue camino hasta el intestino grueso, y ahí las bacterias la festejan: la fermentan, generan gases, atraen agua y armen el combo clásico de hinchazón, cólicos y diarrea.

Un problema que no avisa y suele aparecer después de los veinte

Lo que más llama la atención de este tema, me dice la gastroenteróloga Carolina, es que la mayoría de las personas descubre que tiene intolerancia ya entrada la adultez, casi siempre entre los veinte y los treinta años, aunque a veces la cosa se estira bastante más. No es algo que aparezca de un día para el otro: el organismo va bajando la producción de lactasa de a poco, y un buen día un vaso de leche con el desayuno o un Sundae de postre empieza a sentar como una patada en la panza. La herencia, aclara, tiene bastante que ver: en los pueblos con historia de ganadería lechera, como los del norte de Europa, la enzima se mantiene activa por más generaciones, mientras que en poblaciones de Asia oriental, América nativa y África occidental lo más común es que la producción baje temprano.

  • Hinchazón abdominal, sobre todo después de tomar leche o comer helado.
  • Dolor y cólicos en la zona del vientre, que aparecen al rato de la ingesta.
  • Gases frecuentes y con olor fuerte, por la fermentación en el intestino grueso.
  • Heces blandas o diarrea, porque la lactosa sin digerir arrastra agua.
  • Ruidos intestinales y una sensación de que la comida no se procesó del todo.

Ahora bien, algo que vale la pena tener muy claro, y acá la médica Carolina me hace mucho hinca-pie, es que la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a la leche. La alergia es un quilombo del sistema inmunitario, que reacciona contra las proteínas de la leche y puede dar urticaria, vómitos, eccema o, en los casos más bravos, dificultad para respirar; suele aparecer en la infancia y, según el cuadro, puede ser grave. La intolerancia, en cambio, es un problema digestivo, mucho más molesto que peligroso, y se maneja bajando la cantidad de lactosa en la dieta, no eliminando la leche del mapa sin más.

Cómo se confirma y por qué no conviene automedicarse ni hacer dieta propia

Para estar seguros del diagnóstico, me cuenta Carolina, existe una prueba bastante concreta llamada de hidrógeno espirado: al paciente le dan una dosis de lactosa para tomar y después sopla en un aparatito cada cierto tiempo durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno en el aire que exhala sube mucho, quiere decir que la lactosa no se absorbió y terminó fermentando abajo. Pero ojo, aclara, no siempre hace falta llegar a ese estudio: muchas veces alcanza con sacar los lácteos por un par de semanas, ver si las molestias se van, y después ir reincorporándolos de a poco para encontrar el umbral personal. Lo que nunca hay que hacer, me insiste la nutricionista Florencia, es largarse solo a eliminar todo lo que tenga leche sin consultar, porque los lácteos son una fuente clave de calcio, de vitamina D y de proteínas, y sacarlos a ciegas puede terminar en un déficit que se nota recién meses después, con los huesos o con la calidad del sueño. Las leches deslactosadas, los yogures, los quesos más duros como el parmesano o el queso azul, que tienen menos lactosa, y los productos fermentados suelen tolerarse bastante mejor, y siempre está la opción de las pastillas de lactasa, que se toman justo antes de comer algo con leche y hacen el trabajito que el intestino dejó de hacer. Pero la regla de oro, me dice mientras guardamos los termos y nos despedimos en la puerta de la cocina, es no quedarse callado con las molestias: si la panza viene protestando cada vez que aparece un queso o un flan en la mesa, la consulta con un profesional ahorra meses de prueba y error, y permite armar un plan a medida que no resigne ni el sabor ni los nutrientes.

MF

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