La versión que Olivia Wilde se animó a contar: cuando una cena ajena se vuelve espejo propio
La directora toma la estructura del filme español de Cesc Gay, pero le cambia el ADN: personajes con más historia, un matrimonio protagonista que se reconfigura a partir de un secreto ajeno y un cierre que prefiere el silencio a la reconciliación rápida. La comedia queda, pero el drama gana la pulseada.
La cita arranca con la misma postal de cualquier noche de viernes en Buenos Aires: un departamento a oscuras, una mesa larga, gente que no se conoce del todo y una botella de vino que no alcanza a disimular lo que viene. Pero cuando la cámara empieza a recorrer ese living y uno se acomoda en la butaca, entiende rápido que no está viendo la película que esperaba. La nueva entrega de Olivia Wilde toma el punto de partida de Sentimental, el filme de Cesc Gay, y lo reescribe desde abajo: conserva la arquitectura de la cena que se descontrola, pero le cambia la carne, los huesos y, sobre todo, el final. El resultado es un filme que empieza como comedia de pareja y termina como un drama íntimo, sostenido, bastante más incómodo y, a mi criterio, mucho más interesante que el original.
Misma cena, otros cuerpos dentro del encuadre
Wilde ya había demostrado pulso para el drama familiar en su ópera prima, Booksmart, y eso se nota acá: la puesta en escena respira otra vez, la cámara se mueve con libertad por el departamento y los actores tienen espacio para habitar el espacio en lugar de quedar atrapados en una escena teatral. Los hitos del filme original están todos: el músico frustrado que se entera tarde, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana, la sesión de terapia con la psicóloga. Pero lo que cambia es lo que rodea esos momentos: personajes que ahora tienen pasado, manías, una vida fuera de esa cena.
El personaje de la propia Wilde, por ejemplo, carga con una carrera artística abandonada que el original ni rozaba, y eso le da a cada gesto suyo en la mesa —la forma en que sirve el vino, la manera en que mira a su pareja— un peso distinto. El de Edward Norton, el vecino despreocupado que parece estar de paso, también recibe un pasado que explica por qué llega a esa casa con esa actitud y no con otra. No es un capricho de guion: es lo que hace que el giro fuerte de la noche, la revelación de que Norton y Penélope Cruz mantienen una relación poliamorosa, no caiga como un chiste sino como una fractura silenciosa.
El cierre que decide no cerrar
Y acá aparece la decisión más jugosa de la película. En Sentimental, el final era casi un suspiro de alivio: después del temblor, una reconciliación que pasaba por la cama y por una música suave. En la versión de Wilde, en cambio, la comedia cede paso al drama y la película termina en otra cosa. Rogen vuelve al piano que había dejado, Wilde se sienta a tocar junto a él y los dos se miran sin decir nada. Es una imagen pequeña, discretísima, que no resuelve nada: no sabemos si siguen juntos, si se quiebran del todo, si esa música los salva o los hunde un poco más. A mí, como espectadora, esa ambigüedad me terminó de ganar: prefiero un final que se anima a dejar preguntas antes que uno que las cierra con un beso y un corte a negro.
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