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MIÉ, 14 OCT 2026
Vida

La operación del Papa León XIV: qué es el adenocarcinoma de pulmón y por qué una lobectomía puede cambiar el pronóstico

El Vaticano confirmó que el Sumo Pontífice fue sometido a una cirugía videoasistida en el Policlínico Gemelli de Roma. El neurólogo Conrado Estol explicó los alcances del tumor, los pasos que siguen en el análisis de los tejidos y por qué la genética puede abrir la puerta a tratamientos específicos.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 5 min
La operación del Papa León XIV: qué es el adenocarcinoma de pulmón y por qué una lobectomía puede cambiar el pronóstico

Son las nueve de la mañana en Roma y, mientras el personal del Policlínico Gemelli repasa las hojas con el informe posoperatorio, en el otro extremo del mundo los teléfonos empiezan a sonar con una noticia que parece insólita: el Vaticano confirma que León XIV, el Papa de poco más de un año de pontificado, fue operado de un adenocarcinoma pulmonar y que le extirpó el lóbulo inferior derecho mediante una cirugía videoasistida que duró alrededor de noventa minutos. La intervención se realizó en uno de los centros médicos más prestigiosos de Italia, donde el examen histológico practicado durante la propia operación arrojó un diagnóstico que, aunque sensible, es cada vez más frecuente en las consultas oncológicas de todo el mundo: un adenocarcinoma de pulmón.

Qué es exactamente un adenocarcinoma y por qué aparece en personas que no fuman

Cuando uno escucha "cáncer de pulmón", suele pensar automáticamente en un fumador de toda la vida, pero la realidad clínica que describe el neurólogo Conrado Estol en diálogo con este portal es bastante más matizada: el adenocarcinoma es, justamente, el subtipo de tumor pulmonar más común entre quienes nunca encendieron un cigarrillo. Estol, a quien conozco desde hace años por su manera didáctica de explicar temas complejos, me dice con esa paciencia que lo caracteriza que este tipo histológico representa entre el 55 y el 80 por ciento de los casos de cáncer de pulmón en pacientes no fumadores, y que además suele localizarse en la periferia del pulmón, lo que tiene una consecuencia clínica muy concreta: al no obstruir un bronquio principal, el tumor pasa más tiempo sin dar síntomas visibles, crece de manera silenciosa y, cuando finalmente se detecta, lo hace muchas veces en el marco de un estudio por imágenes hecho por otro motivo.

“El adenocarcinoma es el subtipo más frecuente en personas que no fuman, representa entre el 55 y el 80 por ciento de los casos en ese grupo y suele localizarse en la periferia del pulmón, por eso tarda más en dar síntomas.”Conrado Estol, neurólogo

Por qué se sacó todo un lóbulo y no solo el nódulo

La decisión de extraer el lóbulo completo —lo que en la jerga médica se llama lobectomía— y no únicamente el nódulo visible no es un capricho quirúrgico ni una medida extrema: responde a una lógica oncológica muy precisa que Estol se ocupa de desmenuzar con la misma calma con que uno abre un manual de anatomía en la mesa de la cocina. La idea, me explica, es garantizar márgenes libres de células tumorales y, al mismo tiempo, permitir el análisis detallado de los tejidos adyacentes —ganglios, pleura, bronquios— para saber si la enfermedad ya empezó a asomarse más allá del punto donde se la vio por primera vez. Durante la operación, un patólogo puede examinar muestras en tiempo real para distinguir entre cáncer, fibrosis o cicatrices; aunque el diagnóstico definitivo, aclara Estol, siempre requiere el estudio microscópico posterior. En el caso del Papa, ese estudio ya confirmó lo que muchos sospechaban desde el primer parte: se trataba de un adenocarcinoma.

Cómo se define el pronóstico y qué dicen los números

Ahora bien, acá viene la pregunta que más me formularon esta semana y que, sin dudas, es la que más preocupa a cualquier persona que recibe un diagnóstico similar en su casa o en la casa de un familiar: ¿cuál es el pronóstico después de una lobectomía por adenocarcinoma? Estol es cuidadoso y aclara que, en el caso concreto de León XIV, todavía no se conocen públicamente los tres datos clave que definen la expectativa de vida: el tamaño exacto del nódulo, el estado de los ganglios linfáticos cercanos y si la pleura presentó algún compromiso. Con esos tres elementos sobre la mesa, el especialista plantea un escenario hipotético orientativo que, si bien no puede trasladarse mecánicamente a la situación del Papa, sirve para entender la lógica del razonamiento oncológico: si el nódulo mide alrededor de dos centímetros, los ganglios están libres y no hay compromiso pleural, la sobrevida a cinco años puede acercarse al noventa y nueve por ciento. La cifra, claro, baja a medida que alguno de esos factores se vuelve desfavorable, y por eso cada informe de anatomía patológica se lee casi como un mapa: indica el rumbo y, sobre todo, el próximo paso.

La genética del tumor y el futuro del tratamiento

Mientras el Papa —al menos hasta donde se sabe— retomó la alimentación habitual, hizo kinesiotapia respiratoria y empezó a caminar dentro de su habitación en el Gemelli, en distintos laboratorios especializados del mundo se analiza la genética de ese adenocarcinoma con una expectativa que hace apenas dos décadas era impensada. Esos estudios buscan mutaciones específicas —entre las más conocidas están las del EGFR, KRAS, BRAF, HER y MET— que permiten indicar terapias dirigidas administradas por vía oral, es decir, pastillas que atacan de manera selectiva las células tumorales que tienen esa alteración. La inmunoterapia, aplicada de forma intravenosa, es otra alternativa en carpeta y, en muchos casos, se combina con las terapias anteriores. Estol advierte, eso sí, que ambas opciones pueden perder efectividad con el paso del tiempo, y que por eso el seguimiento oncológico continuo no es un accesorio: es parte central del tratamiento. La medicina personalizada, dice, no termina en el quirófano ni en el primer ciclo de pastillas; empieza ahí.

Vuelvo a la escena del principio, a esa mañana romana en la que el Vaticano confirmó la operación de León XIV y los partes médicos empezaron a circular por las redacciones del mundo. Lo que en principio parece un dato curioso de actualidad —un Papa operado de cáncer de pulmón— termina siendo, si uno se detiene a leerlo con cuidado, una ventana enorme para entender cómo se diagnostica, cómo se opera y cómo se trata hoy uno de los tumores más comunes del planeta. Por eso, más allá del nombre propio y del sigilo Vaticano, lo que deja esta noticia es algo que aplica a miles de pacientes anónimos: un adenocarcinoma detectado a tiempo, operado con criterio oncológico y estudiado en profundidad puede tener, hoy, un pronóstico muy distinto al que tenía hace apenas una generación.

MF

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