La mesa familiar como escuela: por qué comer acompañados cambia lo que los chicos eligen en el plato
Un consenso de especialistas en nutrición pediátrica presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica pone el foco en el entorno, los vínculos y las rutinas que moldean la alimentación desde los dos hasta los diecisiete años. La propuesta, impulsada por PROFENI, sostiene que los chicos aprenden a comer, sobre todo, por imitación.
Me siento a escribir esta nota con la imagen todavía fresca de una cena en casa de una amiga, donde su hija de seis años probó por primera vez una ensalada de lentejas porque vio a su padre repetir el plato con gusto. No fue un truco ni una negociación larga: fue, simplemente, la mesa haciendo su trabajo. Esa escena, que se repite miles de veces en los hogares argentinos, es el corazón del consenso NutreAR, una iniciativa de PROFENI —Profesionales Expertos en Nutrición Infantil— que acaba de presentarse en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, y que me parece importante compartir porque cambia la forma en que solemos pensar la alimentación de los más chicos.
De qué hablamos cuando hablamos de comensalidad
El concepto central que ordena la propuesta es el de comensalidad: todo aquello que acompaña al acto de comer, desde el momento del día en que nos sentamos a la mesa hasta quién está al lado, pasando por cómo se organizan las comidas en la casa. No se trata únicamente de discutir si un niño de dos años necesita más o menos hierro, o si la dieta de un adolescente de dieciséis debe incluir tal o cual grupo de alimentos, aunque esas preguntas también forman parte del consenso. Lo que los especialistas subrayan es que las necesidades nutricionales cambian con la edad —y por eso el documento propone orientaciones diferenciadas para cada etapa, desde los dos hasta los diecisiete años—, pero sobre todo que el contexto en el que se come condiciona, y mucho, lo que cada chico termina incorporando a su repertorio.
Entre los mecanismos más estudiados aparece uno que, cuando lo escuché de boca de las investigadoras, me pareció casi una obviedad, y sin embargo suele quedar afuera de las recomendaciones habituales: el aprendizaje por imitación. Cuando los chicos ven a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, ampliar el menú propio les resulta más; por el contrario, cuando la oferta familiar se vuelve demasiado restringida, la selectividad alimentaria —esa tendencia de algunos niños a comer siempre lo mismo, rechazando todo lo que se sale de un puñado de alimentos seguros— se instala y cuesta mucho más revertirla. Por eso la recomendación de los especialistas es tan concreta como difícil de sostener en el día a día: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en una porción pequeña, y evitar consolidar un menú de cuatro platos que se repite sin variaciones durante meses.
La cena como ritual posible
Hay un dato del consenso que me dejó pensando más que el resto, y que creo que interpela de manera directa a buena parte de las familias argentinas: a partir de los catorce o quince años crece de manera marcada la tendencia a comer solos, encerrados en el cuarto, muchas veces frente a una pantalla. Es una costumbre que se fue naturalizando en los últimos años y que reduce, sin que lo notemos, las oportunidades de construir esos vínculos alrededor de la comida que después hacen que un chico se anime a probar un bocado distinto. Frente a ese escenario, la propuesta no pide una utopía: alcanza con sostener al menos una comida compartida por día. Y acá viene una verdad práctica que los especialistas reconocen sin vueltas: la cena suele ser la más viable, porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas hacen muy difícil coincidir en el desayuno o en el almuerzo. La mesa, además, no tiene por qué ser familiar en el sentido estricto: cenar con amigos cumple exactamente la misma función de aprendizaje y de construcción de hábitos.
- Comensalidad: el concepto que articula el consenso y que incluye el momento, el lugar, los acompañantes y las rutinas alrededor de cada comida.
- Aprendizaje por imitación: el mecanismo por el cual los chicos amplían su repertorio cuando ven a personas cercanas comer variado.
- Selectividad alimentaria: la tendencia a limitarse a unos pocos alimentos, que se vuelve más difícil de revertir cuanto más restringido es el menú del hogar.
- Comida compartida diaria: al menos una por jornada, preferentemente la cena por una cuestión de logística familiar, sin necesidad de que sea con la familia nuclear.
- Entornos por fuera del hogar: los comedores escolares con planificación nutricional y las viandas preparadas en casa como extensiones de la mesa familiar.
Antes de cerrar, vuelvo a la escena del principio: la cena en lo de mi amiga, la nena de seis años repitiendo el plato de su padre, la conversación tranquila de los grandes mientras los chicos terminan el suyo. Nada de eso parece, en el momento, una decisión pedagógica, y sin embargo es exactamente lo que el consenso NutreAR viene a poner en valor. Como sociedad, tendemos a discutir la alimentación infantil en términos de qué se come y qué se prohíbe, y dejamos en un segundo plano el cómo, el dónde y el con quién. Lo que este grupo de profesionales propone, y lo que a mí, como adulta que todavía recuerda las cenas en la casa de mis padres, me parece especialmente atendible, es que la mesa —cualquier mesa, en cualquier casa— es una herramienta formativa mucho más poderosa de lo que solemos reconocer, y que recuperarla como espacio compartido puede ser, para los chicos de hoy, la diferencia entre una infancia con paladar abierto y una con paladar estrecho. Por eso, si hay algo que me llevo de la lectura de este material es una idea simple, casi de manual, pero profundamente humana: antes de preocuparnos por lo que nuestros hijos comen, vale la pena preguntarnos con quién están sentados cuando lo hacen.
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