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SÁB, 10 OCT 2026
Vida

La dentadura que se pierde y la mente que se apaga: qué revela la evidencia sobre adultos mayores

Una revisión de 14 estudios asocia la pérdida de más de un diente con un riesgo sensiblemente mayor de deterioro cognitivo y demencia. Recorrido por los hallazgos, los cuidados que recomienda Harvard y las señales para no dejar pasar.

MF
Micaela FerreyraSociedad · · lectura 4 min
La dentadura que se pierde y la mente que se apaga: qué revela la evidencia sobre adultos mayores

Son las siete de la tarde y doña Elsa, de 74 años, apoya la taza de té sobre la mesa del living con una mueca que ya es costumbre: cada vez mastica peor, cada vez habla menos, y cada vez se sienta con más desgano en las reuniones del barrio. En su boca, la dentadura postiza de arriba ya no encaja como antes, y abajo le quedan apenas cuatro piezas que sostienen un puente viejo. Lo que ella vive como una incomodidad cotidiana empieza a tener, según la literatura científica reciente, una sombra mucho más larga: la de la mente.

La revista JAMDA publicó una revisión de 14 estudios que reunió datos de adultos mayores y encontró que quienes habían perdido más de un diente a lo largo de la adultez presentaban cerca de un 50% más de riesgo de deterioro cognitivo y alrededor de un 28% más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia. Los autores aclararon que se trata de una asociación estadística, no de una relación de causa y efecto comprobada, y mencionaron que en ese vínculo entran en juego otros factores: inflamación prolongada, alimentación, acceso a atención odontológica y enfermedades previas. Pero la señal es lo suficientemente fuerte como para empezar a mirar la boca como una puerta de entrada al resto del cuerpo.

Encías inflamadas, un problema que no se queda en la boca

La gingivitis, esa inflamación de encías que mucha gente asume como algo menor, aparece en distintos estudios vinculada con enfermedades cardiovasculares, pulmonares, obstrucciones en vasos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares. Tampoco en estos casos se demostró causalidad directa, pero la asociación alcanza para que los controles odontológicos empiecen a discutirse en el consultorio médico y no solo en la silla del dentista. Cuando la gingivitis no se trata, puede avanzar hacia los tejidos que sostienen los dientes y convertirse en periodontitis, una afección que en etapas avanzadas provoca la pérdida de piezas dentales. Y acá se cierra un círculo que, en los adultos mayores, suele ser cruel.

Porque la falta de dientes no es solo un tema de masticar. También es un tema de conversar, de sonreír, de sentarse a una mesa sin dar explicaciones. Algunas personas evitan reuniones, se retiran antes de los cumpleaños, descartan un asado con los nietos porque les incomoda que se note el hueco en la sonrisa. Esa retracción, que parece menor, va sumando aislamiento en una etapa de la vida donde la vida social es justamente uno de los sostenes más fuertes contra el deterioro cognitivo. La boca, dicen los especialistas, se vuelve un termómetro del cuerpo entero.

  • Sensibilidad dental: aparece cuando las encías se retraen y dejan expuesta parte de la raíz, o cuando hay bruxismo, el hábito de apretar o rechinar los dientes durante el sueño. En ese caso, una férula nocturna puede reducir la presión, aunque la evaluación profesional es la que permite distinguir ese origen de otros que requieren un enfoque distinto.
  • Boca seca: ocurre cuando se produce menos saliva y dificulta masticar, tragar, hablar y hasta percibir sabores. Es un efecto secundario frecuente de varios medicamentos y puede aparecer asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y algunas enfermedades que afectan el sistema inmune.
  • Pérdida de piezas: cuando se vuelve visible y modifica la forma de comer y de hablar, suele ser la señal de que la periodontitis avanzó lo suficiente como para necesitar una intervención odontológica cuanto antes.

Lo que recomienda Harvard, en clave cotidiana

La guía de Harvard Health Publishing pone el foco en los hábitos de todos los días, esos que parecen simples pero marcan la diferencia: cepillado al menos dos veces por día con pasta con flúor, uso de hilo dental o cepillos interdentales, limpieza de la lengua, control del consumo de azúcar y, sobre todo, visitas periódicas al odontólogo aunque no duela nada. El dolor, en la boca, casi siempre llega tarde. También señala la importancia de revisar la medicación que se toma de forma crónica, porque muchos fármacos producen sequedad bucal y ese efecto, subestimado, termina abriendo la puerta a caries y a infecciones que se podrían haber prevenido.

Vuelvo a doña Elsa, que ya dejó el té y hojea el cuaderno donde anota turnos médicos. La semana que viene tiene cita con la odontóloga y, esta vez, no piensa faltar. “No quiero que me falten las palabras antes de que me falten los dientes”, me dice mientras acomoda los anteojos sobre la nariz. Detrás de esa frase, sin saberlo, está el nudo exacto de lo que dice la ciencia: cuidar la dentadura en la vejez no es un capricho estético, es una forma concreta de cuidar la cabeza, el corazón y la vida social. Y eso, a los 74, vale más que cualquier pieza que se pueda volver a poner.

MF

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