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MIÉ, 14 OCT 2026
Entretenimiento

Dientes, tripas de ballena y un padre que nunca se fue: la apuesta extrema de "Whalefall"

Brian Duffield dirige una historia que empieza como thriller de supervivencia y se transforma en la conversación pendiente entre un hijo y su papá muerto. Austin Abrams carga la película casi solo, en un escenario tan impactante como claustrofóbico.

LP
Lucía PereyraCultura y espectáculos · · lectura 3 min
Dientes, tripas de ballena y un padre que nunca se fue: la apuesta extrema de "Whalefall"

Me pasó lo que me pasa cada vez que entro a una sala esperando un thriller de acción y me encuentro con otra cosa: la butaca me queda chica, el aire parece faltar y de repente estoy lidiando con algo mucho más íntimo. Eso es lo que propone Whalefall, la nueva película de Brian Duffield, que arranca en el estómago de una ballena y desde ahí te arrastra hacia un pozo mucho más profundo: el de una relación padre e hijo que nunca terminó de cerrarse. Lo que en el papel suena a disparate, en pantalla se sostiene con una solidez que sorprende, aunque no a todos los deje conformes.

Una ballena como escenario y como confesionario

La premisa es de esas que o te enganchan de entrada o te pierden para siempre: un hombre atrapado en el interior de un cetáceo gigante, con el reloj corriendo en contra y un único interlocutor posible, su padre ya fallecido. Austin Abrams, a quien muchos reconocerán por su paso por Resident Evil, se banca casi en soledad los casi noventa minutos de metraje, alternando forcejeos físicos por salir de ese estómago oscuro con flashbacks y diálogos imaginarios que reconstruyen lo que nunca se dijo en vida. Duffield había demostrado oficio en cintas como El proyecto Love (Love and Monsters) o Nadie te salvará (No One Will Save You), y acá vuelve a apoyarse en un único personaje perdido en un ambiente hostil, aunque ahora el enemigo no son aliens ni criaturas del bosque, sino una bestia marina y la propia melancolía.

El diseño de producción del interior de la ballena es, sin vueltas, el otro gran protagonista: texturas viscosas, paredes que parecen latir, una paleta verdosa y ocre que transmite esa ansiedad visceral de saber que el aire se acaba. Hay tramos donde el filme se apoya fuerte en efectos visuales generados por computadora para construir secuencias de escape más ambiciosas, y la comparación inevitable es con Ad Astra: si a esa película le encontraste la frecuencia emocional, Whalefall te va a sacudir; si te resultó fría, probablemente acá también te cueste entrar en calor.

Un cierre que divide aguas

El tramo final se anima a estirar la apuesta y apunta a una conclusión de mayor escala, aunque por el camino repite un par de secuencias de fuga con margen de maniobra bastante acotado por la lógica del espacio. La crítica viene señalando que el equilibrio entre acción extrema y drama familiar no termina de cerrar del todo, y la recepción promete ser dispar: habrá quien salga de la sala llorando a mares por la exploración de un vínculo filial roto, y quien sienta que le vendieron un paquete mixto con dos productos que no terminan de amalgamar. La pregunta que me quedó dando vueltas al apagar las luces de la sala fue esa, justamente: si el cine de supervivencia gana cuando le pone en el centro un drama familiar, o si pierde filo en el intento. Mi respuesta, después de pensarlo un rato largo mientras caminaba hacia la puerta, es que gana cuando el dolor es verdadero, como lo es acá.

LP
Lucía PereyraCultura y espectáculos

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