Cuando decir que no se vuelve una urgencia: lo que se juega cuando no ponemos límites
Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa aparente: cómo la dificultad para poner –o para tolerar– límites se gesta en la infancia, qué consecuencias tiene en la vida adulta y por qué se puede trabajar.
Son las nueve de la noche y el teléfono suena otra vez. Del otro lado, una voz que pide, reclama, ocupa. Del lado de acá, una garganta que dice "sí" mientras el cuerpo ya está diciendo basta. Esa escena –que se repite en miles de casas argentinas– es el punto de partida para entender por qué a tanta gente le cuesta decir que no, y por qué esa dificultad no es un defecto de carácter sino el resultado de un aprendizaje muy temprano, tan temprano como los primeros meses de vida.
El "no" que nos enseñaron antes de hablar
El límite empieza a construirse cuando todavía no tenemos palabras. El bebé necesita que alguien lo ponga por él, porque sin un afuera que contenga no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el "no" firme ante el peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como frustración, es lo que permite después distinguir entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. Por eso el límite no es lo contrario del amor; es una de sus formas más concretas.
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones opuestos que conviven en la vida cotidiana y que, de una manera u otra, hacen ruido. Reconocerlos es el primer paso para empezar a desarmarlos.
Dos modos de quedar atrapado
- No poder poner límites. Es el patrón de quien aprendió, muy chico, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. El precio es concreto: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula de a poco, un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- No tolerar el límite ajeno. Es la otra cara, aparentemente más fuerte pero igualmente vulnerable. Cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío. Detrás hay una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, parejas, familias, equipos de trabajo, terminan organizándose alrededor de su voluntad y, a mediano plazo, se van vaciando de afecto.
El punto medio que tampoco es fácil
Entre esos dos extremos hay un lugar que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende –afectiva o económicamente–, y porque pone en juego relaciones de toda una vida. Pero ese costo, casi siempre, es menor que el de sus alternativas.
La buena noticia que trae el material de consulta es que esto no es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento psicológico adecuado ofrece, justamente, el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro y para soportar que el otro también diga "hasta acá" sin tomarlo como un ataque.
“Aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro es, en buena medida, reaprender lo que en la infancia no llegó a tiempo.”Lectura del material de base
Vuelvo a la cocina de las nueve de la noche. El teléfono sigue ahí, la voz del otro lado sigue pidiendo, pero ahora hay una diferencia: saber que ese "sí" que sale automáticamente no es una obligación moral sino un hábito aprendido, y que ese hábito, con trabajo, se puede desarmar. No de un día para el otro, no sin esfuerzo, pero se puede. Y eso, para cualquiera que haya cargado años con culpa y agotamiento, ya es mucho.
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