Aaron Sorkin vuelve a equivocarse en la silla del director con El precio de la red
La secuela espiritual de La red social confirma lo que sus últimas películas venían sugiriendo: sin un realizador externo que lo frene, el guionista se desborda
Imaginate la sala a oscuras, el murmullo de pochoclos, el logo de Sony en pantalla y esa sensación de estar por ver algo grande. Yo entré a El precio de la red con la expectativa intacta: Sorkin volviendo al universo Zuckerberg, otra vez con el lenguaje filoso que me hizo descobrir La red social en 2010, esa película que David Fincher convirtió en una de las mejores de su década. Pero la película que ahora llega a los cines me dejó con la misma sensación agridulce que me dejaron Molly's Game y El juicio de los 7 de Chicago: un guión brillante en el papel que se desinfla cuando nadie lo contiene.
El problema no es lo que Sorkin escribe sino cómo lo filma. Cuando otros directores se sentaron en la silla, el material funcionó: Fincher le dio ritmo a La red social, Danny Boyle compactó Steve Jobs y Rob Reiner sostuvo con mano firme Algunos hombres buenos. Sin esa tensión externa, El precio de la red muestra lo que pasa cuando el guionista tiene el control total: secuencias de diálogo larguísimas que existen porque suenan bien leídas en voz alta, problemas de iluminación en los interiores que llaman la atención incluso tratándose del mismo director de fotografía que trabajó en La red social, y un montaje sin urgencia donde ninguna imagen trasciende lo funcional.
Una frase que lo define
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo”Bill Burr, en uno de los diálogos de la película
El propio filme incluye esa línea, que ya circulaba en los tráilers y que resume bastante bien la sensación que queda después de los ciento y tantos minutos de metraje. La película funciona como secuela espiritual de La red social pero también como eco de The Newsroom y hasta de aquel proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin lleva años intentando levantar sin suerte. Todo ese material acumulado pide a gritos un realizador que le ponga límites.
A mí me pasa algo curioso con Sorkin: lo respeto profundamente como guionista, lo he leído, lo he citado, lo he recomendado, y sin embargo cada vez que se sienta detrás de cámara me deja la misma impresión de talento desperdiciado. No es que El precio de la red sea una mala película en términos absolutos: hay momentos brillantes de actuación, sobre todo, en los tramos más dialogados, y la voluntad de pensar el presente de las redes sociales sigue siendo valiosa. Pero cuando la comparo con lo que podría haber sido bajo la mirada de un Fincher o un Boyle, duele. Y mucho. Sorkin escribe el mapa pero necesita a alguien que lo oblige a hacer el viaje.
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